domingo, 23 de diciembre de 2012

No hace falta morir






Si hay algo que me dio cuenta tu voz,
cuando canta tan solo en el habla...
si hay algo que aprendí en un beso tuyo...
beso que destruye la mente mala...

Es que no hace falta morir para ir al paraíso..
Dios estableció una sucursal en tus labios...
y el cantar de ángeles se enciende en tu cuerpo..

No hace falta morir para ir al paraíso,
Adiós con el infierno que reina la soledad..
la Fe de tu amor promete milagros en el suelo..

sábado, 30 de junio de 2012

Cómo sobrellevar a Coetzee



Como para leerse una novela titulada Desgracia está uno. Una palabra demasiada gris y perturbadora, también un tanto agresiva: una palabra que si podríamos en la vida evitarla, lo haríamos. Sin embargo esto no es una vida, es una novela, y sus leyes naturales son otras y rigen distinto: lo que en el mundo “real” nos puede repugnar y amedrentar, en el “ficticio” podría provocarnos curiosidad y coraje. Total, como es ficción, aventurarnos en su universo no traería perjuicio o cambio alguno en nuestro ser. Pero hay ficciones que no están hechas sólo de papel, y que pueden dejar en off-side a mi enunciado anterior. Precisamente, una de esas ficciones es “Desgracia” de John Maxwell Coetzee.

¿Quién es Coetzee? Este escritor y ensayista sudafricano es uno de esos alquimistas contemporáneos que transforman la pasta celulósica en oro, en vida. Y por ello ha sido condecorado varias veces, como  premio Nobel de Literatura en 2003, y con dos premios Booker Prize: El primero en 1983 por “Vida y época de Michael K”, el segundo en 1999 por “Desgracia”, el objeto de esta reseña.  

En el libro, la "desgracia" es básicamente materia del que está hecho aquél universo, la carta magna y el motor que regulan y traccionan los engranajes del mundo representado; es el mundo sudafricano y sus sujetos. La narración gira sobre un profesor de la universidad de Ciudad del Cabo que va abandonando esa sensación de ingravidez del transcurrir de la vida, para sentir el paso del tiempo con más peso, por notificar un envejecimiento y un desarraigo de “poderes” que alguna vez disfrutó en la juventud; la desgracia de buscar sus últimas señales de pasión, y por ello se lo multa, se lo castiga, se lo va despojando poco a poco, a través de acontecimientos implacables, de sus creencias y pensamientos originales. Girando sobre él, podemos ir percibiendo una compleja Sudáfrica cambiante, contradictoria, murmurando y penetrando con terrible violencia en la "esfera" burguesa del profesor. Los contrastes, poco a poco, se van nivelando. 
El austero narrador “coetziano” es como un espectro que (per)sigue al protagonista desde el momento en que comienza el declive sin fin: De Ciudad del Cabo al Cabo Oriental, de Soraya y Melaine Isaacs a Bev Shaw, de intelectual preocupado por su obra sobre Lord Byron a “el hombre de los perros”. Nos lo describe desde una cierta antipatía, como si el narrador esperase  que desistiéramos de tomarle afecto al profesor; ingresa en sus pensamientos, las transcribe o las cita incisivamente. Baraja los acontecimientos como si pusiese a prueba la resiliencia del erudito. Nos seduce con sus perífrasis y movimientos elípticos, que nos da mientras leemos la tarea de completar lo que no se dice. Por lo tanto, como la desgracia misma, la novela es dura, impredecible hasta la última palabra. Será virtud de Coetzee, la de mantenernos en vilo con tramas simples, y por debajo de la mesa, darnos varios lugares y temas reflexivos.  

Intuía ya desde su título punzante de qué se tratará, sentí que tal contundencia sería también su estilo, su narrativa. En efecto, al terminar de leer la novela, comprobé que el título no me mentía y tampoco dejó de sorprenderme.. sin embargo, la obra no me devolvió al mundo real como cuando inicié el viaje... la "desgracia" se traspasó de los signos del autor hacia mi percepción de lo real... toqué fondo, besé la angustia, tuve que bailar con la fea, como el profesor. Más que una lectura, fue un sueño larguísimo, es decir, me ocurrió a mí, junto al protagonista. En un diferente plano, pero me ocurrió. Aunque los sueños sean de otro material, los que están llenos de significantes sabemos que causan efectos en el mundo sensible... este sueño para mí ensombreció lo previamente iluminado, como también iluminó las antes zonas oscuras, invisibles. Pero cada lector, supongo, tendrá su particular efecto: "las buenas novelas son máquinas de generar interpretaciones".

Jesús Predmesnik
Permiso, voy a opinar

lunes, 18 de junio de 2012

Gol en contra


Finaliza el primer tiempo del partido Boca y Fluminense. El padre se levanta y sale al balcón a fumar de los nervios; la madre va a la cocina con la pava y el mate para preparar una segunda ronda; la hija menor se encierra al cuarto declarando que va a revisar los mails, y el hijo mayor camina ligero hacia el baño.
El primero en volver es el padre, emanando una baranda de pucho terrible por todo el living, como si hubiese fumado medio paquete. “¡Ya empieza!” grita ronco, y van volviendo, primero la madre con el mate ya preparado, la hija menor regresa minutos después. Desde el baño oyen  un “ahí voy” del hijo, que parece estar “en medio de un dificultoso trámite fisiológico” como señala jocosamente el padre. El segundo tiempo inicia.
Se lavó enseguida el mate, a los treinta y quince minutos, y esto al padre lo distrae de su concentración ardua del partido que la iban ganando los brasileños, y por salirse de órbita futbolera, repara que todavía su hijo aún no salía del baño.
-¡¿Estás bien?!-... no contesta.
-Dejalo, debe estar constipado- le dice su esposa.
-Y, con los mates que hacés… como no estarlo. ¡Por culpa tuya se está perdiendo el partido!- Responde, levantándose del sofá y resoplando.
Golpea levemente la puerta del baño, inclina acercando su boca cubierta de bigote:
-Hijo, ¿estás bien?
-Eh, sí, ya voy.
-Hace media hora que estás encerrado.
-Estoy descompuesto, nada más…
-Ah, entonces no estás bien… ¿Por qué le mentís a tu padre? Hijo, ¿qué fue ese ruido? ¿Qué estás haciendo?
-Nada, viejo.
-Nada no, estás ocultando algo.Y justo en el baño lo venís a ocultar...
-Por favor, ¡Dejame cagar en paz!
-A mí, con ese verso, no ¿Qué estás…?- entra al baño irrumpiendo y de pronto, lo ve. Sus ojos calientes se dilatan como si fueran de mercurio, y en su cara de piedra, terribles surcos de amargura y consternación.
-Puedo explicarlo todo, papá- dice el hijo mayor, sorprendido, en su secreto más aberrante.
-No puede ser, mi hijo… se volvió puto… ¡Dame eso!
- ¡No, papá! ¡Es mío!
-¡Qué va a ser tuyo! ¡Qué mierda hacés con esto! ¡Dameló!
Forcejeo violento, cacheteada, el padre logra quitárselo y su hijo quiebra en llanto espasmódico.
-¡Andá, andá a mirar el partido, carajo!- Rápido, su hijo cumple el imperativo, con temor de otra represalia más, secandosé las lágrimas.
-¿Qué hacía leyendo… "así habló Zaratustra", de Fri-ed no sé cuanto? ¿No le gusta más el fútbol? ¿Se volvió gay?- Lleno de indignación, de cólera, traicionado por su propio hijo, va destrozando hoja por hoja el libro. De pronto, oye un grito de coro, un “gol” prolongado, xeneize. ¿Quién fue el que anotó? No lo podía saber, solo alegrarse porque significa esto el empate, y la puerta a semifinales de la Libertadores, a tan pocos segundos de concluir. Sin embargo, el padre no distingue la voz de su hijo integrándose al feliz clamor, y la alegría se le fue por el inodoro junto las rotas hojas que había arrojado. Confirmando sus sospechas, termina entonces en la cocina, reduciendo a cenizas lo que queda del libro hereje. Su hijo, como si hubiese leído la mente del padre, responde al fin, desde el living, “¡Papá! ¡Yo sí amo a mi ocaso!”.

Jesús Predmesnik
Historias de mercado y fanatismo.

sábado, 2 de junio de 2012

Campanas de lata



Oigo de nuevo las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo hastiado de callar, gritó. El proletario desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos, de murmullos de incomodidad.  
Pero aquí falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo, callado.
El reclamo, más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué, hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay  generalizaciones y generalizaciones: algunas, inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha pueden caer en este último tipo.
Para lucirte como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este "cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas” así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a caceroleadas.
Un progresista reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista. No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros años de pesado sueño.
En esta nueva noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito de la pequeña burguesía,…  a vos, pequeño progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de lata, rabiosas; doblan por vos.
  

domingo, 6 de mayo de 2012

Subestéreo



Cuando se sube las escaleras del subte, hay que apuntalar siempre hacia la derecha. Nosotros los estéreos sabemos de esta costumbre, pero andá a decírselo a los monos. No vas a ver a ningún estéreo romper esta máxima que si bien no está explícitamente indicada en ninguna pared de la estación, ni en los zócalos de la propia escalera, ¡vamos! es sentido común, deducible hasta para un nene con dientes de leche. Pero los monos no entienden de cómo son las cosas. Ni las cosas más fáciles, más intuitivas, como por ejemplo esto, que se debería apuntalar hacia la derecha al subir. 

¿Que “por qué” a la derecha y no por el medio, o la izquierda? Me extraña que preguntes esto. ¿No serás vos un...? No, no. ¿Qué hace sino un mono leyendo a un estéreo? Sería absurdo.
            Bueno, respondiendo a tu pregunta. Primero, como se sabe, para todo, hasta para el “desorden” hay que tener una cuota de orden. Y en este caso el orden es para formar un doble canal, o sentido, o “carril”, como quieran decirle. Yo preferiría definirlas como espacios: uno para los que salen de la estación, otro para los que entran. Ahora bien, si no está explícito en cartel alguno esta necesidad de orden, ¿como se conforma el consenso entre los que salen y los que entran? El carácter efímero de la problemática y la necesidad de agilizar el trámite, requiere de un consenso también rápido, ya no tan democrático, sino más bien intuitivo e improvisado. Uno debe decidir sobre el otro; el poder de decisión no es compartido, pero se legitima apelando a la urgencia. ¿Quién tiene más urgencia, los que suben o los que bajan? ¡Por supuesto los que suben! Porque subir es finalizar el viaje, llegar a destino: los que bajan, recién comienzan el viaje. Aquellos entonces  tienen más derecho que éstos a la hora de decidir a marcar el primer paso. Todos los estéreos sabemos esto, y coincidentemente casi todos los estéreos escribimos con la diestra. Nuestra intuición está entonces sincronizada socialmente y las cosas así marchan bien.

Los estéreos que escriben con la mano izquierda no son problema, porque esencialmente son estéreos. A veces en medio del camino tienen un momento de duda, no saben por donde ir, si hacia la derecha o la izquierda, pero se resuelven por sí solos. El problema son los monos, que si bien gracias a Dios son muy pocos, sí son suficientes para estropearnos el día con su torpeza, su desfachatez natural. Por momentos dan la impresión que no son tontos, que parecieran en cambio estar dotados de un sentido del humor bastante malicioso, que tienen simplemente ganas de jorobar. Cuando suben, van por la izquierda, y cuando bajan, también. Los monos son contreras solamente para ver qué pasa cuando infringen las normas, las reglas, el sentido común. Quieren ver qué pasa, porque no lo saben, algo que los estéreos sí sabemos. A pesar del intento, el mar no se va a contaminar por una gotita de barro.

Jesús Predmesnik

viernes, 20 de abril de 2012

Instrucciones para madurar



A un niño que entra en la etapa de los “por qué” generalmente se los azota con respuestas simplistas, tautológicas. No son tontos los niños, pueden sentir la indiferencia en lo que les explican, pero como los mayores detentan y ostentan poder y autoridad, o sea, el dominio de la verdad, lo que dicen éstos, aquellos pequeños deben (subrayo “deben”) entenderlo como única explicación, sino, castigo, páfate.
Hay niños que por más que lo casquen una y otra vez, van de frente y repreguntan de nuevo insaciablemente; son aventureros. Otros son fáciles de conformar, de entender las reglas del mundo con triste sumisión de un plumazo. Otros, también callan, pero siguen indagando por sus propios medios y en profundo secreto la búsqueda de verdades, incentivados por ese perfume del saber el transfondo de las cosas que con un cachito de sensibilidad no más se puede percibir.
Hasta que, junto con los miedos adquiridos y las nuevas hormonas inexorables, el juego, método de aprendizaje por excelencia para los niños, deja de ser funcional para su educación: el juego se vuelve solo una manera más de distracción y un espacio más del mercado de los mayores. Distracción, ¿de qué? de preguntarse "Por qué". Gente, cuando un niño deja de preguntarse por qué, está ya a un pasito de convertirse en adulto. 

Jesús Predmesnik

jueves, 19 de abril de 2012

El Manofría



En el ingenio azucarero de un pueblo salteño, trabajan en la época de la zafra dos hombres, en plena noche estrellada. José conduce la cosechadora, y a la par de la máquina, Antonio maneja el camión donde se depositan las cañas. Están solos en medio del cañaveral, a trescientos cincuenta metros del edificio de la fábrica, realizando la labor en constante ritmo. El conductor del camión le hace señas a su compañero para descansar un minuto, apagan los motores y se bajan de los vehículos. Antonio prende un cigarrillo y le dice:
-Te quería contar José, de lo que estábamos hablando ayer. Que sigo sospechando.
-¿De qué?
-Que Rubén, el muchacho de las grúas es “el mano fría”- Su compañero hace un gesto como diciendo “para ésta estupidez paramos”.
-Pienso que es él. Como te decía, pues, que ni bien volvió al pueblo empezaron las desgracias. ¡Esperá, dejáme terminar! Esta mañana mi señora me pudo contar lo que recuerda de su cara, y por lo que me dijo... parecía hablarme de él mismo. Y encima fue la noche que Rubén ni se apareció por acá y no aviso nada, nada, che.
-Bueno, Antonio. Rubencito, sí, es un chango callado, está bien, pero ni creo, pues, semejante cosa. Recién empieza a trabajar acá.
-A mí nunca me gustó nada ese chico, te digo la verdad. Tiene una mirada medio rara, fría, parece un robot. Habla poco, saluda y nada más. Nadie lo conoce en ningún lado.-José le replica:
-Cosas tuyas. No es suficiente que te caiga mal. Tenés que probarlo.
-Bueno, por eso te digo, ayudame si sabés algo. Mi señora está muerta de susto, no puede pegar un ojo. Ya nadie puede pegar un ojo aquí.
José en medio de un suspiro le dice: -Sí, Antonio, pero vos sos el que sospechás de él. Sabés cuál es la única forma.- Su interlocutor frunce las cejas y menea la cabeza:
-Ni machado, darle la mano es como meterla en el “pozo”, pues. Ya te conté que el “Manofría” si te da la mano helada te cae una desgracia y este hijo de puta a mi señora le palmeó la espalda en la oscuridad, mientras cruzaba el puentecito que casi la tira al agua, mirá, y cuando giró lo veía huir como a Rubén, che. Todavía está sintiendo el chucho del miedo y del frío.
-Bueno, bueno, bueno. ¡Meta! Que tenemos que trabajar.-  José le da la espalda para subir a la cosechadora.
-¡Esperá hombre! ¿No ves que estoy desesperado? Esto se tiene que terminar de una vez, por el bien de todos. Tiene que volver la tranquilidad en el pueblo ¡Ayudame, te lo pido por favor!- José vuelve a mirarlo, contempla cómo su amigo lagrimea, y parece conmoverse.
-Entiendo, Antonio. Hagamos una cosa. Vos hacés lo que tenés que hacer ahora cuando terminemos. Si ves, sentís que Rubén es, me pegás un grito y yo mismo, ¡tomame la palabra, eh!, yo mismo lo voy a hacer cagar, y no corrés riesgo de nada. Nadie se va a enterar, te lo prometo. –Antonio lo mira un poco asustado por la sentencia de José, porque sabe que sus promesas son indelebles, cualquiera que sea. Su compañero continúa:- ¿Y si no es? Qué se yo, padre. A ver, si no es… me das medio sueldo, ¿eh?-José emite una pícara sonrisa.
            Antonio aplasta su cigarrillo, se queda mirando el cañaveral, donde las ocultas ranas cantan melodías chirriantes. Piensa mucho. Tiene miedo, no de equivocarse, porque está tan seguro de su acusación que sabe que los dos mil pesos no los va a perder; miedo sino de esa desgracia consecutiva a la misma corroboración del asunto, de descubrir la embrionaria leyenda del “mano fría”. Pero inflando su pecho de aire, percibiendo el olor del bagazo, le sobreviene la sensación de valentía: se ve casi como un nuevo héroe de Campo Santo. Mientras se saca los guantes de cuero, extiende su mano derecha y le dice a José: “trato hecho”. Su compañero sonriendo hace lo mismo, y se estrechan las manos formalizando el pacto. Luego, a Antonio le agarra un escalofrío gripal. Siente un gélido ardor en la palma. Sensación que le remite a la imagen  de cuando era niño. Una tarde del 68, había sostenido por primera vez un arma, la pesada nueve de su padre quien estaba durmiendo su siesta, y pensando que era un juguete se la llevó para jugar con sus vecinos. Recuerda la paliza de un policía asesino, más que la de un padre entre dormido. Vuelve al presente y se encuentra con los ojos brillantes de José. Antonio con furia de gato asustado lo putea de arriba abajo, pero con la misma voz asfixiada que tiempo atrás había rogado a su padre el cese de los azotes rabiosos. Media vuelta y empieza a correr gimiendo, con el corazón en la boca, hacia el edificio. José lo observa con calma, cinco segundos pasan. Mientras recoge de la cosechadora su escopeta, le grita al fugitivo:
-¡Antonio! ¿Dónde mierda vas? ¿No pensás en tu pobre mujer? ¡¿Al final no sos un hombre de palabra?!

Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global