En el ingenio azucarero de un pueblo
salteño, trabajan en la época de la zafra dos hombres, en plena noche
estrellada. José conduce la cosechadora, y a la par de la máquina, Antonio
maneja el camión donde se depositan las cañas. Están solos en medio del
cañaveral, a trescientos cincuenta metros del edificio de la fábrica,
realizando la labor en constante ritmo. El conductor del camión le hace señas a
su compañero para descansar un minuto, apagan los motores y se bajan de los
vehículos. Antonio prende un cigarrillo y le dice:
-Te quería contar José, de lo que
estábamos hablando ayer. Que sigo sospechando.
-¿De qué?
-Que Rubén, el muchacho de las grúas
es “el mano fría”- Su compañero hace un gesto como diciendo “para ésta
estupidez paramos”.
-Pienso que es él. Como te decía,
pues, que ni bien volvió al pueblo empezaron las desgracias. ¡Esperá, dejáme
terminar! Esta mañana mi señora me pudo contar lo que recuerda de su cara, y
por lo que me dijo... parecía hablarme de él mismo. Y encima fue la noche que
Rubén ni se apareció por acá y no aviso nada, nada, che.
-Bueno, Antonio. Rubencito, sí, es
un chango callado, está bien, pero ni creo, pues, semejante cosa. Recién
empieza a trabajar acá.
-A mí nunca me gustó nada ese chico,
te digo la verdad. Tiene una mirada medio rara, fría, parece un robot. Habla
poco, saluda y nada más. Nadie lo conoce en ningún lado.-José le replica:
-Cosas tuyas. No es suficiente que
te caiga mal. Tenés que probarlo.
-Bueno, por eso te digo, ayudame si
sabés algo. Mi señora está muerta de susto, no puede pegar un ojo. Ya nadie
puede pegar un ojo aquí.
José en medio de un suspiro le dice:
-Sí, Antonio, pero vos sos el que sospechás de él. Sabés cuál es la única
forma.- Su interlocutor frunce las cejas y menea la cabeza:
-Ni machado, darle la mano es como
meterla en el “pozo”, pues. Ya te conté que el “Manofría” si te da la mano
helada te cae una desgracia y este hijo de puta a mi señora le palmeó la
espalda en la oscuridad, mientras cruzaba el puentecito que casi la tira al
agua, mirá, y cuando giró lo veía huir como a Rubén, che. Todavía está
sintiendo el chucho del miedo y del frío.
-Bueno, bueno, bueno. ¡Meta! Que
tenemos que trabajar.- José le da la
espalda para subir a la cosechadora.
-¡Esperá hombre! ¿No ves que estoy
desesperado? Esto se tiene que terminar de una vez, por el bien de todos. Tiene
que volver la tranquilidad en el pueblo ¡Ayudame, te lo pido por favor!- José
vuelve a mirarlo, contempla cómo su amigo lagrimea, y parece conmoverse.
-Entiendo, Antonio. Hagamos una
cosa. Vos hacés lo que tenés que hacer ahora cuando terminemos. Si ves, sentís
que Rubén es, me pegás un grito y yo mismo, ¡tomame la palabra, eh!, yo mismo
lo voy a hacer cagar, y no corrés riesgo de nada. Nadie se va a enterar, te lo
prometo. –Antonio lo mira un poco asustado por la sentencia de José, porque
sabe que sus promesas son indelebles, cualquiera que sea. Su compañero
continúa:- ¿Y si no es? Qué se yo, padre. A ver, si no es… me das medio sueldo,
¿eh?-José emite una pícara sonrisa.
Antonio
aplasta su cigarrillo, se queda mirando el cañaveral, donde las ocultas ranas
cantan melodías chirriantes. Piensa mucho. Tiene miedo, no de equivocarse,
porque está tan seguro de su acusación que sabe que los dos mil pesos no los va
a perder; miedo sino de esa desgracia consecutiva a la misma corroboración del
asunto, de descubrir la embrionaria leyenda del “mano fría”. Pero inflando su
pecho de aire, percibiendo el olor del bagazo, le sobreviene la sensación de
valentía: se ve casi como un nuevo héroe de Campo Santo. Mientras se saca los
guantes de cuero, extiende su mano derecha y le dice a José: “trato hecho”. Su
compañero sonriendo hace lo mismo, y se estrechan las manos formalizando el
pacto. Luego, a Antonio le agarra un escalofrío gripal. Siente un gélido ardor
en la palma. Sensación que le remite a la imagen de cuando era niño. Una tarde del 68, había
sostenido por primera vez un arma, la pesada nueve de su padre quien estaba
durmiendo su siesta, y pensando que era un juguete se la llevó para jugar con
sus vecinos. Recuerda la paliza de un policía asesino, más que la de un padre
entre dormido. Vuelve al presente y se encuentra con los ojos brillantes de
José. Antonio con furia de gato asustado lo putea de arriba abajo, pero con la
misma voz asfixiada que tiempo atrás había rogado a su padre el cese de los
azotes rabiosos. Media vuelta y empieza a correr gimiendo, con el corazón en la
boca, hacia el edificio. José lo observa con calma, cinco segundos pasan. Mientras
recoge de la cosechadora su escopeta, le grita al fugitivo:
-¡Antonio! ¿Dónde mierda vas? ¿No
pensás en tu pobre mujer? ¡¿Al final no sos un hombre de palabra?!
Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global
Leerte me produce la sensación de rastrear; hay un rastro allí que interesa, atrae y se sigue buscando el origen no el final.
ResponderEliminarLo que me impresiona en tu escritura es la ambivalencia entre, la presencia impersonal, la desconección entre la mano y el estilete, siendo cruel y oscuro el instrumento y no el verbo tras la mano, pero que pone en estado de alerta al lector respecto del escritor,...y el repentino dulzor de una mirada inofensiva, que pareciera compadecerse, arrepentirse, por espontánea sensibilidad, pero que concluye en conectar el verbo con el estilete : como si tu escritura acechara hasta la confianza del lector, y entonces lo dejara solo frente a una metaangustia intelectual, la ruptura con la caricia emocional, mirándose las manos...
Hace frío en tu cuento.