jueves, 19 de abril de 2012

El Manofría



En el ingenio azucarero de un pueblo salteño, trabajan en la época de la zafra dos hombres, en plena noche estrellada. José conduce la cosechadora, y a la par de la máquina, Antonio maneja el camión donde se depositan las cañas. Están solos en medio del cañaveral, a trescientos cincuenta metros del edificio de la fábrica, realizando la labor en constante ritmo. El conductor del camión le hace señas a su compañero para descansar un minuto, apagan los motores y se bajan de los vehículos. Antonio prende un cigarrillo y le dice:
-Te quería contar José, de lo que estábamos hablando ayer. Que sigo sospechando.
-¿De qué?
-Que Rubén, el muchacho de las grúas es “el mano fría”- Su compañero hace un gesto como diciendo “para ésta estupidez paramos”.
-Pienso que es él. Como te decía, pues, que ni bien volvió al pueblo empezaron las desgracias. ¡Esperá, dejáme terminar! Esta mañana mi señora me pudo contar lo que recuerda de su cara, y por lo que me dijo... parecía hablarme de él mismo. Y encima fue la noche que Rubén ni se apareció por acá y no aviso nada, nada, che.
-Bueno, Antonio. Rubencito, sí, es un chango callado, está bien, pero ni creo, pues, semejante cosa. Recién empieza a trabajar acá.
-A mí nunca me gustó nada ese chico, te digo la verdad. Tiene una mirada medio rara, fría, parece un robot. Habla poco, saluda y nada más. Nadie lo conoce en ningún lado.-José le replica:
-Cosas tuyas. No es suficiente que te caiga mal. Tenés que probarlo.
-Bueno, por eso te digo, ayudame si sabés algo. Mi señora está muerta de susto, no puede pegar un ojo. Ya nadie puede pegar un ojo aquí.
José en medio de un suspiro le dice: -Sí, Antonio, pero vos sos el que sospechás de él. Sabés cuál es la única forma.- Su interlocutor frunce las cejas y menea la cabeza:
-Ni machado, darle la mano es como meterla en el “pozo”, pues. Ya te conté que el “Manofría” si te da la mano helada te cae una desgracia y este hijo de puta a mi señora le palmeó la espalda en la oscuridad, mientras cruzaba el puentecito que casi la tira al agua, mirá, y cuando giró lo veía huir como a Rubén, che. Todavía está sintiendo el chucho del miedo y del frío.
-Bueno, bueno, bueno. ¡Meta! Que tenemos que trabajar.-  José le da la espalda para subir a la cosechadora.
-¡Esperá hombre! ¿No ves que estoy desesperado? Esto se tiene que terminar de una vez, por el bien de todos. Tiene que volver la tranquilidad en el pueblo ¡Ayudame, te lo pido por favor!- José vuelve a mirarlo, contempla cómo su amigo lagrimea, y parece conmoverse.
-Entiendo, Antonio. Hagamos una cosa. Vos hacés lo que tenés que hacer ahora cuando terminemos. Si ves, sentís que Rubén es, me pegás un grito y yo mismo, ¡tomame la palabra, eh!, yo mismo lo voy a hacer cagar, y no corrés riesgo de nada. Nadie se va a enterar, te lo prometo. –Antonio lo mira un poco asustado por la sentencia de José, porque sabe que sus promesas son indelebles, cualquiera que sea. Su compañero continúa:- ¿Y si no es? Qué se yo, padre. A ver, si no es… me das medio sueldo, ¿eh?-José emite una pícara sonrisa.
            Antonio aplasta su cigarrillo, se queda mirando el cañaveral, donde las ocultas ranas cantan melodías chirriantes. Piensa mucho. Tiene miedo, no de equivocarse, porque está tan seguro de su acusación que sabe que los dos mil pesos no los va a perder; miedo sino de esa desgracia consecutiva a la misma corroboración del asunto, de descubrir la embrionaria leyenda del “mano fría”. Pero inflando su pecho de aire, percibiendo el olor del bagazo, le sobreviene la sensación de valentía: se ve casi como un nuevo héroe de Campo Santo. Mientras se saca los guantes de cuero, extiende su mano derecha y le dice a José: “trato hecho”. Su compañero sonriendo hace lo mismo, y se estrechan las manos formalizando el pacto. Luego, a Antonio le agarra un escalofrío gripal. Siente un gélido ardor en la palma. Sensación que le remite a la imagen  de cuando era niño. Una tarde del 68, había sostenido por primera vez un arma, la pesada nueve de su padre quien estaba durmiendo su siesta, y pensando que era un juguete se la llevó para jugar con sus vecinos. Recuerda la paliza de un policía asesino, más que la de un padre entre dormido. Vuelve al presente y se encuentra con los ojos brillantes de José. Antonio con furia de gato asustado lo putea de arriba abajo, pero con la misma voz asfixiada que tiempo atrás había rogado a su padre el cese de los azotes rabiosos. Media vuelta y empieza a correr gimiendo, con el corazón en la boca, hacia el edificio. José lo observa con calma, cinco segundos pasan. Mientras recoge de la cosechadora su escopeta, le grita al fugitivo:
-¡Antonio! ¿Dónde mierda vas? ¿No pensás en tu pobre mujer? ¡¿Al final no sos un hombre de palabra?!

Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global

1 comentario:

  1. Leerte me produce la sensación de rastrear; hay un rastro allí que interesa, atrae y se sigue buscando el origen no el final.
    Lo que me impresiona en tu escritura es la ambivalencia entre, la presencia impersonal, la desconección entre la mano y el estilete, siendo cruel y oscuro el instrumento y no el verbo tras la mano, pero que pone en estado de alerta al lector respecto del escritor,...y el repentino dulzor de una mirada inofensiva, que pareciera compadecerse, arrepentirse, por espontánea sensibilidad, pero que concluye en conectar el verbo con el estilete : como si tu escritura acechara hasta la confianza del lector, y entonces lo dejara solo frente a una metaangustia intelectual, la ruptura con la caricia emocional, mirándose las manos...
    Hace frío en tu cuento.

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