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sábado, 2 de junio de 2012

Campanas de lata



Oigo de nuevo las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo hastiado de callar, gritó. El proletario desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos, de murmullos de incomodidad.  
Pero aquí falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo, callado.
El reclamo, más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué, hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay  generalizaciones y generalizaciones: algunas, inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha pueden caer en este último tipo.
Para lucirte como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este "cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas” así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a caceroleadas.
Un progresista reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista. No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros años de pesado sueño.
En esta nueva noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito de la pequeña burguesía,…  a vos, pequeño progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de lata, rabiosas; doblan por vos.
  

sábado, 22 de octubre de 2011

Metáforas de auxilio


Citado en la esquina de Corrientes y Florida de las diez de la noche, para ver algo en el cine y quizás algo más. Espero su presencia, como el que espera ver a Dios en la plegaria. Pero no rezo, no es a Dios quien espero. No seas egocéntrico, Todopoderoso. Sólo espero, y disfruto mientras del paisaje:
Una esquina que muestra cara distinta y sosegada, a la careta rabiosa que muestra durante el día. Arriba, las frías hermanastras de Cenicienta no están, solo una brillante hamburguesa plana pero gigante, y zapatillas de mismas dimensiones: promesas de mercaderes sobre la dicha eterna, al alcance de unos mangos. Abajo, hormigas perdidas, solitarias, sin una línea de marcha demasiado clara. Algunas de fina gabardina, otras descalzas. Lo que se ve huele a clandestino, heterodoxia, pero no hay nada fuera de lo común. Se escuchan fuertes olores de caño de escape, cartón y cloacas, entre débiles perfumes de trescientos para arriba. Se ven pasos apurados pero pocos, y muchos ronquidos en los peldaños de locales.

Pobre gente.

lunes, 17 de octubre de 2011

De la verdad que no se recomienda negar, las mentiras que son negables, y las que no.



Los que aceptamos a la vida esencialmente como una tragedia, entendemos a las alegrías venideras como el olvido efímero de tal sentencia. Hay pocas cosas importantes en la vida; si se pide una enumeración, a los más optimistas, es decir a los más seguros, resueltos, les bastarán los dedos de una sola mano para sorpresa de muchos. Y mayor será la exaltación cuando sepan que los pesimistas, por sus dubitaciones, despliegan una lista mayor de cosas significativas, porque aún hay todavía mentiras “importantes” en sus cabezas que dudan despojarse. 
No somos de creer en el deber de perseguir suspicazmente “a sangre y fuego”  todas las mentiras; no es nuestra postura la de Montaigne, que dice “es a la verdad la mentira un vicio maldito” porque la mentira es ante todo imaginación, y hay imaginaciones demasiado humanas para extirpar sin desangrar. Sólo sentimos aversión a las falsedades que hacen sufrir y hieren, que provocan temores, miedos. Pero sobretodo, combatimos aquellas que, además de distraer a las personas con alegrías falsas que pasan por verdaderas, en lo oculto arman y validan las condiciones reales para que la corroboración de la verdad trágica se efectivice sin su conciencia. En última instancia, no hay nada más indigno para la vida de un ser humano que se acabe en una y por una mentira.
Se nos juzgará entonces que somos seres tristes al concebir la vida de tal manera, porque implica pensar que en el Universo a determinados hechos les corresponderían la misma consecuencia; que distintas preguntas atañerían la misma respuesta; en definitiva, pareciera que nada en este mundo importa ni vale la pena, al saber que hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Seres tristes y sobrios, que nos reunimos para tener largas conversaciones de llanto y lamento, que nos encerramos en ambientes lúgubres y bibliotecarios a continuar con una solemne abstemia. Nada más lejos de la realidad, la tristeza no es precisamente ascetismo: también reímos, y mucho más de lo que ustedes piensan. Hacemos bromas, hasta algunas ingeniosas; muchos “tristes trágicos” practicamos también deportes, o miramos TV basura, concurrimos a boliches, o incluso a la cancha, los que mantenemos la pasión por el fútbol. La gran mayoría de nosotros, mientras se pueda, también disfrutamos de las creaciones artísticas; el arte se sirve especialmente de la figuración, la impostura. Piense sino cómo un kilo de papel y tinta se hace pasar por una historia de amor, o unos tantos gramos de pinturas al óleo se nos aparece como el rostro de una mujer angelical, o una secuencia proyectada de imágenes provocan la ilusión de continuidad y realismo. Sabemos concientemente que el arte a pesar de sus trucos es una farsa, necesaria. Si no hay plata para nada de eso, se puede gozar de cosas más pequeñas, de unos mates en el parque, y si aún así tampoco hay yerba, seguro algún buen vecino nos suministrará a buena gana una tacita. ¡Claro que nos permitimos alegrías, distracciones!
             Es que la vida parece cobrar otro vibrar, con la conciencia de que todos estamos por acá de paso. No somos perpetuadores decadentes de la tristeza, ni potenciales suicidas. Pero sí se nos puede distinguir entre las masas cuando no estamos alegres, porque no simulamos sonrisas para que el público no se “incomode”; cedemos lugar a nuestro sufrimiento cuando éste lo requiera, por ser inherente a la vida, insoslayable. ¿Por qué la sonrisa forzada, la carcajada gratuita y mentirosa de un desconocido es más valioso que una mirada estremecida, dolida, sufriente y sincera? ¿Por qué ante la pregunta “cómo estás” se recomienda mentir que uno está bien?. Nosotros, al sufrimiento le permitimos el lugar que merece, necesario para que pueda reflexionarse libremente de sus orígenes, sus causas. Lugar mismo que la idea dominante burguesa básicamente le niega, en aras del supuesto “derecho a la felicidad”: “todos tenemos derecho a ser felices, pero aquél que ‘prefiera’ sufrir, que lo haga al margen, y en silencio, para no comprometer los derechos de quienes ‘eligieron la felicidad’”. 

Jesús Predmesnik