Finaliza el primer tiempo del partido Boca y Fluminense. El padre se levanta y sale al balcón a fumar de los nervios;
la madre va a la cocina con la pava y el mate para preparar una segunda ronda;
la hija menor se encierra al cuarto declarando que va a revisar los mails, y el
hijo mayor camina ligero hacia el baño.
El primero en
volver es el padre, emanando una baranda de pucho terrible por todo el living,
como si hubiese fumado medio paquete. “¡Ya empieza!” grita ronco, y van
volviendo, primero la madre con el mate ya preparado, la hija menor regresa
minutos después. Desde el baño oyen un “ahí
voy” del hijo, que parece estar “en medio de un dificultoso trámite
fisiológico” como señala jocosamente el padre. El segundo tiempo inicia.
Se lavó
enseguida el mate, a los treinta y quince minutos, y esto al padre lo distrae
de su concentración ardua del partido que la iban ganando los brasileños, y por salirse de órbita futbolera, repara que todavía su hijo aún no salía del baño.
-¡¿Estás
bien?!-... no contesta.
-Dejalo, debe
estar constipado- le dice su esposa.
-Y, con los
mates que hacés… como no estarlo. ¡Por culpa tuya se está perdiendo el partido!- Responde,
levantándose del sofá y resoplando.
Golpea
levemente la puerta del baño, inclina acercando su boca cubierta de bigote:
-Hijo, ¿estás
bien?
-Eh, sí, ya
voy.
-Hace media
hora que estás encerrado.
-Estoy
descompuesto, nada más…
-Ah, entonces
no estás bien… ¿Por qué le mentís a tu padre? Hijo, ¿qué fue ese ruido? ¿Qué
estás haciendo?
-Nada, viejo.
-Nada no,
estás ocultando algo.Y justo en el baño lo venís a ocultar...
-Por favor,
¡Dejame cagar en paz!
-A mí, con ese
verso, no ¿Qué estás…?- entra al baño irrumpiendo y de pronto, lo ve. Sus ojos calientes se dilatan como si fueran de mercurio, y en su cara de piedra, terribles surcos
de amargura y consternación.
-Puedo
explicarlo todo, papá- dice el hijo mayor, sorprendido, en su secreto más
aberrante.
-No puede ser,
mi hijo… se volvió puto… ¡Dame eso!
- ¡No, papá!
¡Es mío!
-¡Qué va a ser
tuyo! ¡Qué mierda hacés con esto! ¡Dameló!
Forcejeo
violento, cacheteada, el padre logra quitárselo y su hijo quiebra en llanto
espasmódico.
-¡Andá, andá a
mirar el partido, carajo!- Rápido, su hijo cumple el imperativo, con temor de
otra represalia más, secandosé las lágrimas.
-¿Qué hacía
leyendo… "así habló Zaratustra", de Fri-ed no sé cuanto? ¿No le gusta más el
fútbol? ¿Se volvió gay?- Lleno de indignación, de cólera, traicionado por su
propio hijo, va destrozando hoja por hoja el libro. De pronto, oye un grito de
coro, un “gol” prolongado, xeneize. ¿Quién fue el que anotó? No lo podía
saber, solo alegrarse porque significa esto el empate, y la puerta a
semifinales de la Libertadores, a tan pocos segundos de concluir. Sin embargo, el padre no distingue la voz de su
hijo integrándose al feliz clamor, y la alegría se le fue por el inodoro junto las rotas hojas que había arrojado. Confirmando sus sospechas, termina entonces en
la cocina, reduciendo a cenizas lo que queda del libro hereje. Su hijo, como si
hubiese leído la mente del padre, responde al fin, desde el living, “¡Papá! ¡Yo
sí amo a mi ocaso!”.
Jesús
Predmesnik
Historias de mercado
y fanatismo.

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