Oigo de nuevo
las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que
anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo
las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo
hastiado de callar, gritó. El proletario
desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron
extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír
las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos,
de murmullos de incomodidad.
Pero aquí
falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase
media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y
sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se
autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes
se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por
lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir
que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo,
callado.
El reclamo,
más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué,
hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos
cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos
tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay generalizaciones y generalizaciones: algunas,
inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un
pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha
pueden caer en este último tipo.
Para lucirte
como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones
sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la
sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este
"cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que
eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los
medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo
fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos
explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara
cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas”
así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen
el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los
progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede
pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a
caceroleadas.
Un progresista
reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir
como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista.
No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La
resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o
menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del
pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros
años de pesado sueño.
En esta nueva
noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo
general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando
a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me
permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y
Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito
de la pequeña burguesía,… a vos, pequeño
progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de
lata, rabiosas; doblan por vos.

Yisus, me gusta mucho; como cuento o, como página política en una prensa que conozca y obedezca, la soberanía natural de la lengua, su innata obligación de perla y de diamante; que ella, nos da la evolución con la posibilidad y el mandato de dejar atrás la secreción irritada y el carbón. Lengua que ofrezca su alianza, la aspiración de merecer la mano de la verdad y, que esta mano, voluntariamente la acepte, y se encarne y revele. Poetizar,es resistencia del espíritu, exorciza al mercader; como el matrimonio por amor,exorciza la asociación comercial y el fenómeno espúrio que se funda.
ResponderEliminarEn este texto, esa cualidad de tu estilo,lo demuestra.
Perdón, no lleva tilde, me traicionó pensar en el barbarismo "espúreo" que si lleva. :-)
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