lunes, 24 de diciembre de 2012

Celeste II - Primera Cita





-¿Qué querés tomar?-
-Mmm… no sé, pasáme el menú, por favor.-
Extiende su brazo a alcanzarle lo pedido, pero mirada inquisidora la del hombre…
-Okey… Así que necesitás de una carta, un menú para saber que querés tomar…-
Ojos bien abiertos de la mujer, sorprendida y como humillada… Pero el orgullo, sonriendo, encuentra siempre su justificación…
-No, Pedro. Hay que ver qué pueden ofrecernos… ¿no te parece?
-Uno entra a un café como este sabiendo previamente qué es lo que quiere… un café, y una charla, y los mozos no dan buenas charlas… sí buenos cafés, hacen. Lo otro, responsabilidad de nosotros.
-Bien, me convenciste- revolea con suavidad el menú hacia el lado del ventanal – ¡quiero un café, con 2 medialunas!
-Uf…qué fácil fue convencerte esta vez… quizás porque sólo se trata de un desayuno…
-¿A qué te referís?-
-¡Mozo!

***
Segundo café…
-¡Lo que me has hecho reír, hermoso! Decime, ¿Cómo estás de la espalda?
-¡Bien! gracias por preguntar, pensé que te habías olvidado. Falta poco para terminar la rehabilitación, como te das cuenta, ya puedo pararme y caminar, que es algo que no podía hacer hacía dos meses…
-¡No me olvidé! Quedé muy preocupada por tu accidente… ¿dónde fue?
-Pronto volveré a sacarle viruta a la pista. ¿Te acordás? Dónde fue, si te lo digo no me creerías…-Toma un sorbo de café- Fue ahí mismo, en esa esquina. –Ella gira la cabeza y abre su boca como un pez dorado. – Salía de tomar algo aquí mismo en esta mesa, con el Chueco… crucé en rojo, estaba ensimismado, y el tipo que me chocó, sí que era gracioso… ¡estaba más asustado él de que le metiera una denuncia, que yo estando al filo de la muerte!-
-Qué horror… y en qué andabas pensando, vos que eras tan meticuloso en cada paso que dabas… en algún amor, seguro…
-¿A vos te parece que me tengas que decir esto,  justo vos?...- Vacía la taza arrebatadamente, chilla el impacto de la taza y el platito. Ella atropellada vuelve a sobresaltarse, como de costumbre.
-Estás un poco alterado, Pedro… te noto raro…-
-Disculpame… es verdad...  Mirá, quiero que ya vayamos al grano. No es que sienta que estamos perdiendo el tiempo… Siempre sirve ponernos al día antes contando nuestras cosas; ya me has mencionado de tu vida, tu casamiento, tu luna de miel, tu mal llamada “nueva vida”, eso que querrás decir “nueva etapa”…  Tu salud espléndida, tus proyectos… nos hemos reído por suerte de algunas cosas, anécdotas… Sirvió todo esta introducción, más si hace casi dos décadas que no sabíamos nada del uno del otro. Pero justamente por esta distancia es que yo pienso que vos no me citaste acá para tomar un café solamente con un ya desconocido con cara familiar… justamente en este momento que tenés que atender tus deberes y obligaciones de esposa… Disculpame que sea tan directo… ¿pero cuál fue tu idea, tu deseo, el que te trajo a este aquí ahora?-
Los dedos de ella comenzaron a zapatear sobre la mesa. Sus ojos hacían que leía las letras invertidas del  vidrio.
-Simplemente por pura curiosidad, quería saber qué va tu vida. Me agarró algo de nostalgia. Pero bueno, nada más. Me tengo que ir…-Agarra su cartera negra, cuero caliente por el Sol intruso de las tres y media. Él se recuesta en el respaldo, mirada de serpiente serena.  No dice nada… Deja que se vaya, que suelte el Adiós sin beso de cualquier conversación… Él se ve con ella saliendo del Café, le abre caballerosamente la puerta para que salga, sonriendo y ella le devuelve un hoyuelo y sus dientes, y un perfume que jamás pudo olvidar. Pero está ahí sentado, señalando al mozo que traiga la cuenta. 

***

Ya en el taxi, pensaba del brillo extraño de sus ojos cuando él le resumía con gracia su vida…  de esos dedos nerviosos en la mesa del café… de los párpados caídos cuando mencionaba a Tomás…  de su cuello que invitaba a morderlo…  de las ganas de cometer pecado y olvidarse también de todo ese pasado que nunca existió entre ellos dos.  Pero pensó también, sobretodo, en ese beso no dado después del adiós…  y en ello, todo lo que Celeste con seguridad calló para sí. 


Primera parte: http://otroeslabonmas.blogspot.com.ar/2011/11/celeste.html


Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global

domingo, 23 de diciembre de 2012

No hace falta morir






Si hay algo que me dio cuenta tu voz,
cuando canta tan solo en el habla...
si hay algo que aprendí en un beso tuyo...
beso que destruye la mente mala...

Es que no hace falta morir para ir al paraíso..
Dios estableció una sucursal en tus labios...
y el cantar de ángeles se enciende en tu cuerpo..

No hace falta morir para ir al paraíso,
Adiós con el infierno que reina la soledad..
la Fe de tu amor promete milagros en el suelo..

sábado, 30 de junio de 2012

Cómo sobrellevar a Coetzee



Como para leerse una novela titulada Desgracia está uno. Una palabra demasiada gris y perturbadora, también un tanto agresiva: una palabra que si podríamos en la vida evitarla, lo haríamos. Sin embargo esto no es una vida, es una novela, y sus leyes naturales son otras y rigen distinto: lo que en el mundo “real” nos puede repugnar y amedrentar, en el “ficticio” podría provocarnos curiosidad y coraje. Total, como es ficción, aventurarnos en su universo no traería perjuicio o cambio alguno en nuestro ser. Pero hay ficciones que no están hechas sólo de papel, y que pueden dejar en off-side a mi enunciado anterior. Precisamente, una de esas ficciones es “Desgracia” de John Maxwell Coetzee.

¿Quién es Coetzee? Este escritor y ensayista sudafricano es uno de esos alquimistas contemporáneos que transforman la pasta celulósica en oro, en vida. Y por ello ha sido condecorado varias veces, como  premio Nobel de Literatura en 2003, y con dos premios Booker Prize: El primero en 1983 por “Vida y época de Michael K”, el segundo en 1999 por “Desgracia”, el objeto de esta reseña.  

En el libro, la "desgracia" es básicamente materia del que está hecho aquél universo, la carta magna y el motor que regulan y traccionan los engranajes del mundo representado; es el mundo sudafricano y sus sujetos. La narración gira sobre un profesor de la universidad de Ciudad del Cabo que va abandonando esa sensación de ingravidez del transcurrir de la vida, para sentir el paso del tiempo con más peso, por notificar un envejecimiento y un desarraigo de “poderes” que alguna vez disfrutó en la juventud; la desgracia de buscar sus últimas señales de pasión, y por ello se lo multa, se lo castiga, se lo va despojando poco a poco, a través de acontecimientos implacables, de sus creencias y pensamientos originales. Girando sobre él, podemos ir percibiendo una compleja Sudáfrica cambiante, contradictoria, murmurando y penetrando con terrible violencia en la "esfera" burguesa del profesor. Los contrastes, poco a poco, se van nivelando. 
El austero narrador “coetziano” es como un espectro que (per)sigue al protagonista desde el momento en que comienza el declive sin fin: De Ciudad del Cabo al Cabo Oriental, de Soraya y Melaine Isaacs a Bev Shaw, de intelectual preocupado por su obra sobre Lord Byron a “el hombre de los perros”. Nos lo describe desde una cierta antipatía, como si el narrador esperase  que desistiéramos de tomarle afecto al profesor; ingresa en sus pensamientos, las transcribe o las cita incisivamente. Baraja los acontecimientos como si pusiese a prueba la resiliencia del erudito. Nos seduce con sus perífrasis y movimientos elípticos, que nos da mientras leemos la tarea de completar lo que no se dice. Por lo tanto, como la desgracia misma, la novela es dura, impredecible hasta la última palabra. Será virtud de Coetzee, la de mantenernos en vilo con tramas simples, y por debajo de la mesa, darnos varios lugares y temas reflexivos.  

Intuía ya desde su título punzante de qué se tratará, sentí que tal contundencia sería también su estilo, su narrativa. En efecto, al terminar de leer la novela, comprobé que el título no me mentía y tampoco dejó de sorprenderme.. sin embargo, la obra no me devolvió al mundo real como cuando inicié el viaje... la "desgracia" se traspasó de los signos del autor hacia mi percepción de lo real... toqué fondo, besé la angustia, tuve que bailar con la fea, como el profesor. Más que una lectura, fue un sueño larguísimo, es decir, me ocurrió a mí, junto al protagonista. En un diferente plano, pero me ocurrió. Aunque los sueños sean de otro material, los que están llenos de significantes sabemos que causan efectos en el mundo sensible... este sueño para mí ensombreció lo previamente iluminado, como también iluminó las antes zonas oscuras, invisibles. Pero cada lector, supongo, tendrá su particular efecto: "las buenas novelas son máquinas de generar interpretaciones".

Jesús Predmesnik
Permiso, voy a opinar

lunes, 18 de junio de 2012

Gol en contra


Finaliza el primer tiempo del partido Boca y Fluminense. El padre se levanta y sale al balcón a fumar de los nervios; la madre va a la cocina con la pava y el mate para preparar una segunda ronda; la hija menor se encierra al cuarto declarando que va a revisar los mails, y el hijo mayor camina ligero hacia el baño.
El primero en volver es el padre, emanando una baranda de pucho terrible por todo el living, como si hubiese fumado medio paquete. “¡Ya empieza!” grita ronco, y van volviendo, primero la madre con el mate ya preparado, la hija menor regresa minutos después. Desde el baño oyen  un “ahí voy” del hijo, que parece estar “en medio de un dificultoso trámite fisiológico” como señala jocosamente el padre. El segundo tiempo inicia.
Se lavó enseguida el mate, a los treinta y quince minutos, y esto al padre lo distrae de su concentración ardua del partido que la iban ganando los brasileños, y por salirse de órbita futbolera, repara que todavía su hijo aún no salía del baño.
-¡¿Estás bien?!-... no contesta.
-Dejalo, debe estar constipado- le dice su esposa.
-Y, con los mates que hacés… como no estarlo. ¡Por culpa tuya se está perdiendo el partido!- Responde, levantándose del sofá y resoplando.
Golpea levemente la puerta del baño, inclina acercando su boca cubierta de bigote:
-Hijo, ¿estás bien?
-Eh, sí, ya voy.
-Hace media hora que estás encerrado.
-Estoy descompuesto, nada más…
-Ah, entonces no estás bien… ¿Por qué le mentís a tu padre? Hijo, ¿qué fue ese ruido? ¿Qué estás haciendo?
-Nada, viejo.
-Nada no, estás ocultando algo.Y justo en el baño lo venís a ocultar...
-Por favor, ¡Dejame cagar en paz!
-A mí, con ese verso, no ¿Qué estás…?- entra al baño irrumpiendo y de pronto, lo ve. Sus ojos calientes se dilatan como si fueran de mercurio, y en su cara de piedra, terribles surcos de amargura y consternación.
-Puedo explicarlo todo, papá- dice el hijo mayor, sorprendido, en su secreto más aberrante.
-No puede ser, mi hijo… se volvió puto… ¡Dame eso!
- ¡No, papá! ¡Es mío!
-¡Qué va a ser tuyo! ¡Qué mierda hacés con esto! ¡Dameló!
Forcejeo violento, cacheteada, el padre logra quitárselo y su hijo quiebra en llanto espasmódico.
-¡Andá, andá a mirar el partido, carajo!- Rápido, su hijo cumple el imperativo, con temor de otra represalia más, secandosé las lágrimas.
-¿Qué hacía leyendo… "así habló Zaratustra", de Fri-ed no sé cuanto? ¿No le gusta más el fútbol? ¿Se volvió gay?- Lleno de indignación, de cólera, traicionado por su propio hijo, va destrozando hoja por hoja el libro. De pronto, oye un grito de coro, un “gol” prolongado, xeneize. ¿Quién fue el que anotó? No lo podía saber, solo alegrarse porque significa esto el empate, y la puerta a semifinales de la Libertadores, a tan pocos segundos de concluir. Sin embargo, el padre no distingue la voz de su hijo integrándose al feliz clamor, y la alegría se le fue por el inodoro junto las rotas hojas que había arrojado. Confirmando sus sospechas, termina entonces en la cocina, reduciendo a cenizas lo que queda del libro hereje. Su hijo, como si hubiese leído la mente del padre, responde al fin, desde el living, “¡Papá! ¡Yo sí amo a mi ocaso!”.

Jesús Predmesnik
Historias de mercado y fanatismo.

sábado, 2 de junio de 2012

Campanas de lata



Oigo de nuevo las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo hastiado de callar, gritó. El proletario desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos, de murmullos de incomodidad.  
Pero aquí falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo, callado.
El reclamo, más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué, hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay  generalizaciones y generalizaciones: algunas, inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha pueden caer en este último tipo.
Para lucirte como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este "cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas” así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a caceroleadas.
Un progresista reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista. No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros años de pesado sueño.
En esta nueva noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito de la pequeña burguesía,…  a vos, pequeño progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de lata, rabiosas; doblan por vos.
  

domingo, 6 de mayo de 2012

Subestéreo



Cuando se sube las escaleras del subte, hay que apuntalar siempre hacia la derecha. Nosotros los estéreos sabemos de esta costumbre, pero andá a decírselo a los monos. No vas a ver a ningún estéreo romper esta máxima que si bien no está explícitamente indicada en ninguna pared de la estación, ni en los zócalos de la propia escalera, ¡vamos! es sentido común, deducible hasta para un nene con dientes de leche. Pero los monos no entienden de cómo son las cosas. Ni las cosas más fáciles, más intuitivas, como por ejemplo esto, que se debería apuntalar hacia la derecha al subir. 

¿Que “por qué” a la derecha y no por el medio, o la izquierda? Me extraña que preguntes esto. ¿No serás vos un...? No, no. ¿Qué hace sino un mono leyendo a un estéreo? Sería absurdo.
            Bueno, respondiendo a tu pregunta. Primero, como se sabe, para todo, hasta para el “desorden” hay que tener una cuota de orden. Y en este caso el orden es para formar un doble canal, o sentido, o “carril”, como quieran decirle. Yo preferiría definirlas como espacios: uno para los que salen de la estación, otro para los que entran. Ahora bien, si no está explícito en cartel alguno esta necesidad de orden, ¿como se conforma el consenso entre los que salen y los que entran? El carácter efímero de la problemática y la necesidad de agilizar el trámite, requiere de un consenso también rápido, ya no tan democrático, sino más bien intuitivo e improvisado. Uno debe decidir sobre el otro; el poder de decisión no es compartido, pero se legitima apelando a la urgencia. ¿Quién tiene más urgencia, los que suben o los que bajan? ¡Por supuesto los que suben! Porque subir es finalizar el viaje, llegar a destino: los que bajan, recién comienzan el viaje. Aquellos entonces  tienen más derecho que éstos a la hora de decidir a marcar el primer paso. Todos los estéreos sabemos esto, y coincidentemente casi todos los estéreos escribimos con la diestra. Nuestra intuición está entonces sincronizada socialmente y las cosas así marchan bien.

Los estéreos que escriben con la mano izquierda no son problema, porque esencialmente son estéreos. A veces en medio del camino tienen un momento de duda, no saben por donde ir, si hacia la derecha o la izquierda, pero se resuelven por sí solos. El problema son los monos, que si bien gracias a Dios son muy pocos, sí son suficientes para estropearnos el día con su torpeza, su desfachatez natural. Por momentos dan la impresión que no son tontos, que parecieran en cambio estar dotados de un sentido del humor bastante malicioso, que tienen simplemente ganas de jorobar. Cuando suben, van por la izquierda, y cuando bajan, también. Los monos son contreras solamente para ver qué pasa cuando infringen las normas, las reglas, el sentido común. Quieren ver qué pasa, porque no lo saben, algo que los estéreos sí sabemos. A pesar del intento, el mar no se va a contaminar por una gotita de barro.

Jesús Predmesnik