jueves, 24 de noviembre de 2011

Celeste


-Jajaja... Dios mío, qué tiempos aquellos.

-Sí, qué manera de reír... Ah, hablando de viejos tiempos. ¿Te dije?.

-¿Qué cosa?

-Celeste. 

-¿Celeste? ¿qué pasó?- Las comisuras de sus labios se volvieron llanas, horizontales, como sus cejas, después de tanta risa un poco escandalosa para los presentes parroquianos.

-Se casó.

-¿Cómo?

-Sí, se casó nomás. 

-¿Cuando?

-Y, hacía una semana que regresó de luna de miel. Se fueron a Río. Qué cosa eh, un millón de lugares para ir, y justo se van a Río.

Silencio.

-Me enteré por Rodrigo. Rodrigo, el correntino Rodrigo Linares... el que se sentaba al fondo siempre y hacía bardo. Grandote, medio alsadito... ¿Te acordás que siempre decía “nai que penoná a nadie”?.
-Sí, sí...-hace una mueca de risa, mientras se limpia las gafas, murmura algo imperceptible, y vuelve inmediatamente al gesto llano.
-Ayer me dijo, así al pasar, lo sabe porque fue, hará un mes, a la despedida de soltero, pero del marido. ¿A que no sabés quién es el marido?.- dice Ignacio. Enarca las cejas mientras le da un sorbo al café que ya está tibiecito.
-¿Quién?..-
-No, no. No lo vas a poder creer- sonríe ladeando la cabeza.
-Dale, chueco. Decílo, ¿quién es?
-Empieza con “T”,y termina con “omás”.-
-No, no.
-Sí, así como lo ves. El jirafita.
-Che, me alegra por él. Y por ella. Bueno...- se traga como si fuese un tequila el café; chasquido de labios. Agarra el maletín sentado en la silla del ventanal. el cuero calentito; le dio el sol durante toda la charla.
-Sabía que te iba a caer mal ¿ya te vas?
-Sí, chueco, recordé algo que dejé por hacer... me tengo que ir. Acá te dejo algo.- Saca su billetera negra del pantalón, mientras se levanta.
-No, no, de ninguna manera. No te hagás drama, en serio. Yo me quedo un rato más, tengo una cita con un proveedor ahora a las quince. La verdad que te veo bien, eh. Me alegra habernos vistos, ¿después de cuanto? ¿diez, doce años? Qué bárbaro, cómo pasa el tiempo.
-Gracias, a mi también me hizo bien. No sabés cómo. No sabés.

       Se guarda la billetera intacta, con un ademán sin expresión se retira. Mientras abre la puerta de cristal, Ignacio le seña al mozo otro cortado. Éste, que se fija el reloj sobre donde está la barra, las catorce y veinte. Mira para la ventana, Corrientes y Callao, en la peor hora. Ve que surcando reaparece del otro lado del vidrio, su amigo de tantos años. Ve que se queda parado en el cordón, mientras decenas de personas cruzan. Ignacio frunce el ceño, el semáforo se vuelve amarillo, se apuran los transeúntes multicolores; semáforo verde. Abre los ojos como quien se pone lentes de contacto. Un chillido de frenos, Ignacio se levanta bruscamente, y con una exhalación ahogada, sólo alcanza gemir “¡No, Pedro!”. 

 Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global





lunes, 14 de noviembre de 2011

La foto del comedor


Tengo tantos recuerdos tuyos, pero todavía no sos recuerdo, no te fuiste por completo; todavía estás acá conmigo, mientras vemos tu vieja foto, colgada en la pared del comedor. Esa, la que estás media de perfil, con un delantal blancuzco de cocina, y una sonrisa que era a prueba de disgustos, ¡si no los habrás tenido, si no te los habremos causado!.
La verdad, que no te recuerdo seria, sí por momentos triste, pero tenías la mala costumbre de guardarte el llanto, como si llorar y patalear hubieras comprobado que no sirve de nada en nuestra familia, que era inútil hacerse mala sangre y que había que trabajar para que las cosas cuando tengan que terminar, terminaran al menos dignamente.Y a mal tiempo, ¡buena cara!
En esa foto, también, estás sosteniendo  con tus gruesas pero tiernas manos, a tu nieta, mi prima. Tan chiquita, inocente era, ahí con su babero... ¡se parecía tanto a vos!
Es curioso lo que significa ahora esta foto; tu delantal de cocina, me da cuenta que eras capaz de transformar la comida en amor puro... recuerdo cómo nos comíamos tu amor que servías, y nosotros apenas te dábamos las “gracias”.
Y esta foto, que tenés en brazos a mi prima, indica otra cosa:  que tu sentido fue sostener, a la familia, a tus cercanos, por sobre todas las cosas. No había tiempo en tu vida, para tu vida...
Por eso, estamos totalmente perdidos, sin vos... hasta nos hemos mordido entre nosotros, abuela, con una rabia inconcebible. Siento que cada vez nos alejamos más y más... y estoy comprendiendo que, en realidad, abuela, vos nunca te fuiste. Acá, los que se fueron, fuimos nosotros. Lo peor, es que somos conciente de ello, mientras te extrañamos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Metáforas de auxilio


Citado en la esquina de Corrientes y Florida de las diez de la noche, para ver algo en el cine y quizás algo más. Espero su presencia, como el que espera ver a Dios en la plegaria. Pero no rezo, no es a Dios quien espero. No seas egocéntrico, Todopoderoso. Sólo espero, y disfruto mientras del paisaje:
Una esquina que muestra cara distinta y sosegada, a la careta rabiosa que muestra durante el día. Arriba, las frías hermanastras de Cenicienta no están, solo una brillante hamburguesa plana pero gigante, y zapatillas de mismas dimensiones: promesas de mercaderes sobre la dicha eterna, al alcance de unos mangos. Abajo, hormigas perdidas, solitarias, sin una línea de marcha demasiado clara. Algunas de fina gabardina, otras descalzas. Lo que se ve huele a clandestino, heterodoxia, pero no hay nada fuera de lo común. Se escuchan fuertes olores de caño de escape, cartón y cloacas, entre débiles perfumes de trescientos para arriba. Se ven pasos apurados pero pocos, y muchos ronquidos en los peldaños de locales.

Pobre gente.

lunes, 17 de octubre de 2011

De la verdad que no se recomienda negar, las mentiras que son negables, y las que no.



Los que aceptamos a la vida esencialmente como una tragedia, entendemos a las alegrías venideras como el olvido efímero de tal sentencia. Hay pocas cosas importantes en la vida; si se pide una enumeración, a los más optimistas, es decir a los más seguros, resueltos, les bastarán los dedos de una sola mano para sorpresa de muchos. Y mayor será la exaltación cuando sepan que los pesimistas, por sus dubitaciones, despliegan una lista mayor de cosas significativas, porque aún hay todavía mentiras “importantes” en sus cabezas que dudan despojarse. 
No somos de creer en el deber de perseguir suspicazmente “a sangre y fuego”  todas las mentiras; no es nuestra postura la de Montaigne, que dice “es a la verdad la mentira un vicio maldito” porque la mentira es ante todo imaginación, y hay imaginaciones demasiado humanas para extirpar sin desangrar. Sólo sentimos aversión a las falsedades que hacen sufrir y hieren, que provocan temores, miedos. Pero sobretodo, combatimos aquellas que, además de distraer a las personas con alegrías falsas que pasan por verdaderas, en lo oculto arman y validan las condiciones reales para que la corroboración de la verdad trágica se efectivice sin su conciencia. En última instancia, no hay nada más indigno para la vida de un ser humano que se acabe en una y por una mentira.
Se nos juzgará entonces que somos seres tristes al concebir la vida de tal manera, porque implica pensar que en el Universo a determinados hechos les corresponderían la misma consecuencia; que distintas preguntas atañerían la misma respuesta; en definitiva, pareciera que nada en este mundo importa ni vale la pena, al saber que hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Seres tristes y sobrios, que nos reunimos para tener largas conversaciones de llanto y lamento, que nos encerramos en ambientes lúgubres y bibliotecarios a continuar con una solemne abstemia. Nada más lejos de la realidad, la tristeza no es precisamente ascetismo: también reímos, y mucho más de lo que ustedes piensan. Hacemos bromas, hasta algunas ingeniosas; muchos “tristes trágicos” practicamos también deportes, o miramos TV basura, concurrimos a boliches, o incluso a la cancha, los que mantenemos la pasión por el fútbol. La gran mayoría de nosotros, mientras se pueda, también disfrutamos de las creaciones artísticas; el arte se sirve especialmente de la figuración, la impostura. Piense sino cómo un kilo de papel y tinta se hace pasar por una historia de amor, o unos tantos gramos de pinturas al óleo se nos aparece como el rostro de una mujer angelical, o una secuencia proyectada de imágenes provocan la ilusión de continuidad y realismo. Sabemos concientemente que el arte a pesar de sus trucos es una farsa, necesaria. Si no hay plata para nada de eso, se puede gozar de cosas más pequeñas, de unos mates en el parque, y si aún así tampoco hay yerba, seguro algún buen vecino nos suministrará a buena gana una tacita. ¡Claro que nos permitimos alegrías, distracciones!
             Es que la vida parece cobrar otro vibrar, con la conciencia de que todos estamos por acá de paso. No somos perpetuadores decadentes de la tristeza, ni potenciales suicidas. Pero sí se nos puede distinguir entre las masas cuando no estamos alegres, porque no simulamos sonrisas para que el público no se “incomode”; cedemos lugar a nuestro sufrimiento cuando éste lo requiera, por ser inherente a la vida, insoslayable. ¿Por qué la sonrisa forzada, la carcajada gratuita y mentirosa de un desconocido es más valioso que una mirada estremecida, dolida, sufriente y sincera? ¿Por qué ante la pregunta “cómo estás” se recomienda mentir que uno está bien?. Nosotros, al sufrimiento le permitimos el lugar que merece, necesario para que pueda reflexionarse libremente de sus orígenes, sus causas. Lugar mismo que la idea dominante burguesa básicamente le niega, en aras del supuesto “derecho a la felicidad”: “todos tenemos derecho a ser felices, pero aquél que ‘prefiera’ sufrir, que lo haga al margen, y en silencio, para no comprometer los derechos de quienes ‘eligieron la felicidad’”. 

Jesús Predmesnik

viernes, 14 de octubre de 2011

Un cambio imperceptible


Todas las mañanas de los días hábiles la casa comienza con la rutina frenéticamente, despachando a sus cuatro  huéspedes: la madre que se va a trabajar de oficinista; el padre, a abrir su comercio; los dos hijos, a la escuela. El hogar queda entonces vacío hasta el mediodía, tipo una de la tarde, cuando regresa la menor.

martes, 4 de octubre de 2011

If you're going to San Francisco




“¡Aléjense de las torres!... puede que haya problemas con las luces. ¡Aléjense de las torres!...” grita Chip furiosamente, elevado en ese majestuoso escenario. Pero luego con amabilidad: “¡Concentrémosno para que deje de llover!... ¡Lluvia no! ¡Lluvia no!”. El público acata: “¡Lluvia no!¡Lluvia no!” gritan repetidamente, pero el cielo es sordo, y prosiguió dibujando gota por gota la ineptitud del Hombre.  Allí, entre los ciento de miles, el afiebrado Alvy observa con ojos impávidos que la gente a su alrededor, mojada y lejos de sentirse fracasada, esbozan  extrañas sonrisas, y no el normal fastidio por la suspensión del concierto. 

En medio de todo este mundo hecho de nubes, agua y mugre de todo tipo, y miles de felices caras empapadas, se pregunta si valió la pena aceptar la invitación de Annie. Indaga su alrededor, quizás buscando con quien establecer una correspondencia. Sólo distingue del murmullo popular la voz nasal de Joe: “¡Todo esto fue provocado por los cerdos fascistas del gobierno! no quieren que disfrutemos de la vida” dice el sagaz hippie, acariciándose la barba rubia mientras observa las gaviotas del Ejército ir y venir. También se percibe a lo lejos un permanente círculo de tambores africanos, colmando su paciencia por el ritmo frenético de la percusión y los aullidos. Mientras, ayuda a Annie y sus amigos a tender una lona para refugiarse antes de volver a la furgoneta. Se larga a llorar desconsoladamente. Llora, pero nadie alrededor lo nota,  porque está lloviendo, porque están felices. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

Una utopía mínima


   Está tan cansado que apaga el televisor, camina hacia el baño arrastrando los pies, se cepilla los dientes, y posa la espalda en la cama de doble plaza. Busca la postura precisa, la que no provoque los estrépitos de los resortes cuando apenas respira. La encuentra, y cierra los ojos. Pero así de cansado está el pobre hombre, que ni puede concentrarse siquiera en dormir. Resopla, se ventila la cara con las palmas, se quita de encima la colcha. El viento, el vibrar de las persianas medio abiertas, cada vez más sonoras. “Me cache en diez”, balbucea y se levanta de la cama para cerrarlas.
   Una gota que cae, en la pileta del baño. Una sola por suerte.
   Un violento cerrar de puertas en el piso superior.
   Arriba, murmullos. El vecino en un diálogo con alguien. Luego risas, la de una mujer, o un hombre de voz aguda. Se escuchan pisadas fuertes, y un cuerpo de consistencia sosa que cae. Golpes secos, contra la pared y el suelo, que para él es el techo. “No”, dice estirando la vocal y refregándose la cara.
Golpes más intensos y con cierto ritmo. Ta, ca, taca, ta, ca, taca.  

Una aflicción de goce y los ruidos se aceleran. “Pero la que te tiró de las pata, ¿Justo un lunes a las unas se te ocurre cojer?” lamenta en voz alta, como si pudieran escucharlo. Parece que da resultado, silencio.  Él sonríe y suspira.
   Otra vez los golpes, más fuertes, más rápidos. Taca taca taca taca. Un gemido casi grito que incrementa la pasión del percusionista. Tatatata. “¡No puede ser!” dice con saliva en la garganta. Los ruidos se mantienen invariables, como una máquina. Trompea al colchón, “¡Dale nena!¿Cuándo pensás acabar?¡La puta madre que te re parió!”. Un aullido como la de una loba, el gruñido de un toro cansado, y nada más. “¡Por fin, pibe!”, cierra los ojos complacidamente, con una mano debajo del calzón. 

   Dos gotitas caen en la pileta del baño. Tres. Cuatro.
   Risas, otra vez arriba, los bamboleos de un mueble chocando contra la pared y el suelo. “No viejo, ¡No seas forro!, son la una y media, ¡pero la concha de la madrina!”. Los redobles entran a la estrofa siguiente con mayor cadencia. Murmurando, abrupto el hombre se levanta de la cama arrojando las sábanas al vacío. Se pone la bata y las sandalias. Musitando escabrosas puteadas llega al piso superior, en la puerta cuarenta y cinco. Toca timbre, “Ya me vas a escuchar, pendejo de...” abren la puerta, sólo una abertura.

-¿Sí? Ah, ¿Cómo está?- dice el que está detrás de la puerta. Luego se asoma, revelando su rostro, párpados caídos, sonrisa estampada, moretones en la mejilla. El vecino.
-Disculpame querido, que te moleste Jor...Jorge, todo bien ¿y vos? No, te quería decir, ¿no te ofendés si te hago una preguntita? ¿Eh?-
-¡No viejito! Para nada, ¿qué necesitas?
-Nada, te, te quería preguntar, digo, si vas a estar mucho tiempo con...- menea la cabeza hacia el interior del apartamento.
-¡Jaja! viejito, te pido mil, un millón de culpas. ¡Qué vergüenza!
-No pasa nada, entiendo, yo a tu edad, no sabés. Pero el tema es que, bueno, mañana hay que trabajar, levantarse tempranito y...-
-Sí sí. Perdóneme, ¡qué nabo!, ya, ya cierro con el trámite. Ja, ja.
-Listo, disculpame a vos, chau, buenas noches.

   Está de nuevo en su apartamento sudando las puteadas puras que no pudo decir en el momento indicado. Encima, ¿por qué pidió disculpas? Se acuesta, por fin, disfrutando del silencio.
   Pequeños ladridos, no sabe si de la vieja del séptimo, o de su caniche. El goteo lejano del baño, otra vez cada tanto. El despertador que con un tono agudo avisa el cambio de hora. El susurro de las sábanas cuando mueve sus piernas inquietamente. Finalmente, los resortes. “Por qué, Dios. La puta que te parió, Dios. Se me aparece el diablo acá y te juro le vendo el alma, le vendo. Con tal que pueda dormir. ¿Tan difícil es? la re concha de la vaca” dice el hombre entre lágrimas.
   De pronto, el timbre, que atraviesa todo el hogar, con un eco monstruoso y estridente, como un viento del inframundo. Su cuerpo se sacude del susto. Otra vez suena. “Ay, mamita querida” dice temblando, y tocando la superficie de la mesita de luz. Se acerca a la puerta sigilosamente, espía nervioso por el mirador, pero está oscuro. De nuevo el timbre. “¡¿Quién es?! Disculpe, no le puedo abrir, no encuentro las llaves” miente. No se dio cuenta, pero se hizo pis encima.
-Sí, le pido disculpas, don Antonio. Soy Marisa, la del piso de abajo. Quería preguntarle si va a tener para rato con las palabrotas que usted dice, y si puede controlar el grifo de su baño que está perdiendo. A ver cuando también le echa aceite a los resortes de su cama. Vea, usted sabe que mañana hay que trabajar...-

Jesús Predmesnik