“¡Aléjense
de las torres!... puede que haya problemas con las luces. ¡Aléjense de las
torres!...” grita Chip furiosamente, elevado en ese majestuoso escenario. Pero
luego con amabilidad: “¡Concentrémosno para que deje de llover!... ¡Lluvia no!
¡Lluvia no!”. El público acata: “¡Lluvia no!¡Lluvia no!” gritan repetidamente,
pero el cielo es sordo, y prosiguió dibujando gota por gota la ineptitud del
Hombre. Allí, entre los ciento de miles,
el afiebrado Alvy observa con ojos impávidos que la gente a su alrededor,
mojada y lejos de sentirse fracasada, esbozan
extrañas sonrisas, y no el normal fastidio por la suspensión del
concierto.
En medio
de todo este mundo hecho de nubes, agua y mugre de todo tipo, y miles de
felices caras empapadas, se pregunta si valió la pena aceptar la invitación de
Annie. Indaga su alrededor, quizás buscando con quien establecer una
correspondencia. Sólo distingue del murmullo popular la voz nasal de Joe:
“¡Todo esto fue provocado por los cerdos fascistas del gobierno! no quieren que
disfrutemos de la vida” dice el sagaz hippie, acariciándose la barba rubia
mientras observa las gaviotas del Ejército ir y venir. También se percibe a lo
lejos un permanente círculo de tambores africanos, colmando su paciencia por el
ritmo frenético de la percusión y los aullidos. Mientras, ayuda a Annie y sus
amigos a tender una lona para refugiarse antes de volver a la furgoneta. Se
larga a llorar desconsoladamente. Llora, pero nadie alrededor lo nota, porque está lloviendo, porque están felices.