Mis ojos sacan fotos en cada momento que vivo, a falta de una
cámara. Si digo, en cambio, que prefiero ver por mis propios ojos, y no por el
rabillo de un dispositivo que también ve, no estaría yo haciendo ningún
despacho contra el arte de la fotografía. Es una cuestión personal, a lo mejor
me resulta más eficaz almacenar imágenes con mi vista hasta mi memoria, que
pretender capturarlas, porque son aquellas que las quiero para mí solamente. Y a vos, no te he sacado foto alguna y sin embargo, tengo
un álbum llena de imágenes tuyas en mi cabeza… que podría usarlas como
fotogramas y pegarlas una con otra, y convertir todo en un gran película mental…
un documental retrato sobre vos, y de mí, llena de primeros planos cuando
conversaba con vos sobre miles de temas, como qué connotación social arrojan
las modas en el vestuario cotidiano, de sistemas y el rol de uno en ellos,
hasta qué linda pinta la calle después de la lluvia, o de nuestro amor
totalmente extraño, o también nuestras miradas encontradas e infinitas… travelings sobre tu caminar desde atrás, adelante o a la
altura de tu hombro mientras cruzábamos las calles felices, tropezando con
baldosas semilevantadas, de tu ciudad o la mía… planos
detalle en esas situaciones de besos de fuego y abrazos, detalles de tus ojos
de marrón indeciso, tu estrella roja en el hombro, tu boca palpitante reclamando mi boca. Estas son mi colección
favorita, porque me remiten también a otros sentidos por el extremo
acercamiento con tu cuerpo moreno: mi tacto y tu piel tan suave, el gigante disfrute del perfume a flores que
te rodea… En fin, negra, tantas son las fotos que tengo de vos y nuestros más
hermosos momentos (que son todos los momentos con vos), tantas son que a falta
de espacio, las estuve hace rato guardando en mi cajón rojo latiente. No quiero perderlas, y por supuesto, siento que mi colección resulta todavía muy incompleta.
martes, 12 de febrero de 2013
lunes, 24 de diciembre de 2012
Celeste II - Primera Cita
-Mmm… no sé, pasáme el menú, por favor.-
Extiende su brazo a alcanzarle lo pedido, pero mirada
inquisidora la del hombre…
-Okey… Así que necesitás de una carta, un menú para saber
que querés tomar…-
Ojos bien abiertos de la mujer, sorprendida y como humillada…
Pero el orgullo, sonriendo, encuentra siempre su justificación…
-No, Pedro. Hay que ver qué pueden ofrecernos… ¿no te
parece?
-Uno entra a un café como este sabiendo previamente qué es
lo que quiere… un café, y una charla, y los mozos no dan buenas charlas… sí buenos
cafés, hacen. Lo otro, responsabilidad de nosotros.
-Bien, me convenciste- revolea con suavidad el menú hacia el
lado del ventanal – ¡quiero un café, con 2 medialunas!
-Uf…qué fácil fue convencerte esta vez… quizás porque sólo
se trata de un desayuno…
-¿A qué te referís?-
-¡Mozo!
***
Segundo café…
-¡Lo que me has hecho reír, hermoso! Decime, ¿Cómo estás de
la espalda?
-¡Bien! gracias por preguntar, pensé que te habías olvidado.
Falta poco para terminar la rehabilitación, como te das cuenta, ya puedo
pararme y caminar, que es algo que no podía hacer hacía dos meses…
-¡No me olvidé! Quedé muy preocupada por tu accidente…
¿dónde fue?
-Pronto volveré a sacarle viruta a la pista. ¿Te acordás?
Dónde fue, si te lo digo no me creerías…-Toma un sorbo de café- Fue ahí mismo,
en esa esquina. –Ella gira la cabeza y abre su boca como un pez dorado. – Salía
de tomar algo aquí mismo en esta mesa, con el Chueco… crucé en rojo, estaba
ensimismado, y el tipo que me chocó, sí que era gracioso… ¡estaba más asustado
él de que le metiera una denuncia, que yo estando al filo de la muerte!-
-Qué horror… y en qué andabas pensando, vos que eras tan
meticuloso en cada paso que dabas… en algún amor, seguro…
-¿A vos te parece que me tengas que decir esto, justo vos?...- Vacía la taza arrebatadamente,
chilla el impacto de la taza y el platito. Ella atropellada vuelve a
sobresaltarse, como de costumbre.
-Estás un poco alterado, Pedro… te noto raro…-
-Disculpame… es verdad... Mirá, quiero que ya vayamos al grano. No es
que sienta que estamos perdiendo el tiempo… Siempre sirve ponernos al día antes
contando nuestras cosas; ya me has mencionado de tu vida, tu casamiento, tu
luna de miel, tu mal llamada “nueva vida”, eso que querrás decir “nueva etapa”… Tu salud espléndida, tus proyectos… nos hemos
reído por suerte de algunas cosas, anécdotas… Sirvió todo esta introducción,
más si hace casi dos décadas que no sabíamos nada del uno del otro. Pero
justamente por esta distancia es que yo pienso que vos no me citaste acá para
tomar un café solamente con un ya desconocido con cara familiar… justamente en
este momento que tenés que atender tus deberes y obligaciones de esposa…
Disculpame que sea tan directo… ¿pero cuál fue tu idea, tu deseo, el que te
trajo a este aquí ahora?-
Los dedos de ella comenzaron a zapatear sobre la mesa. Sus
ojos hacían que leía las letras invertidas del vidrio.
-Simplemente por pura curiosidad, quería saber qué va tu
vida. Me agarró algo de nostalgia. Pero bueno, nada más. Me tengo que ir…-Agarra
su cartera negra, cuero caliente por el Sol intruso de las tres y media. Él se
recuesta en el respaldo, mirada de serpiente serena. No dice nada… Deja que se vaya, que suelte el
Adiós sin beso de cualquier conversación… Él se ve con ella saliendo del Café,
le abre caballerosamente la puerta para que salga, sonriendo y ella le devuelve
un hoyuelo y sus dientes, y un perfume que jamás pudo olvidar. Pero está ahí
sentado, señalando al mozo que traiga la cuenta.
***
Ya en el taxi, pensaba del brillo extraño de sus ojos cuando
él le resumía con gracia su vida… de
esos dedos nerviosos en la mesa del café… de los párpados caídos cuando mencionaba
a Tomás… de su cuello que invitaba a
morderlo… de las ganas de cometer pecado
y olvidarse también de todo ese pasado que nunca existió entre ellos dos. Pero pensó también, sobretodo, en ese beso no
dado después del adiós… y en ello, todo
lo que Celeste con seguridad calló para sí.
Primera parte: http://otroeslabonmas.blogspot.com.ar/2011/11/celeste.html
Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global
domingo, 23 de diciembre de 2012
No hace falta morir
Si hay algo
que me dio cuenta tu voz,
cuando
canta tan solo en el habla...
si hay algo
que aprendí en un beso tuyo...
beso que
destruye la mente mala...
Es que no
hace falta morir para ir al paraíso..
Dios
estableció una sucursal en tus labios...
y el cantar
de ángeles se enciende en tu cuerpo..
No hace
falta morir para ir al paraíso,
Adiós con
el infierno que reina la soledad..
la Fe de tu
amor promete milagros en el suelo..
sábado, 30 de junio de 2012
Cómo sobrellevar a Coetzee
Como para leerse una novela
titulada Desgracia está uno. Una palabra demasiada gris y perturbadora,
también un tanto agresiva: una palabra que si podríamos en la vida evitarla, lo
haríamos. Sin embargo esto no es una vida, es una novela, y sus leyes naturales
son otras y rigen distinto: lo que en el mundo “real” nos puede repugnar y
amedrentar, en el “ficticio” podría provocarnos curiosidad y coraje. Total,
como es ficción, aventurarnos en su universo no traería perjuicio o cambio
alguno en nuestro ser. Pero hay ficciones que no están hechas sólo de papel, y
que pueden dejar en off-side a mi enunciado anterior. Precisamente, una de esas
ficciones es “Desgracia” de John Maxwell Coetzee.
¿Quién es Coetzee? Este escritor y
ensayista sudafricano es uno de esos alquimistas contemporáneos que transforman
la pasta celulósica en oro, en vida. Y por ello ha sido condecorado varias
veces, como premio Nobel de Literatura
en 2003, y con dos premios Booker Prize: El primero en 1983 por “Vida y época
de Michael K”, el segundo en 1999 por “Desgracia”, el objeto de esta
reseña.
En el libro, la "desgracia" es
básicamente materia del que está hecho aquél universo, la carta magna y el
motor que regulan y traccionan los engranajes del mundo representado; es el mundo sudafricano y sus sujetos. La narración gira sobre un
profesor de la universidad de Ciudad del Cabo que va abandonando esa sensación
de ingravidez del transcurrir de la vida, para sentir el paso del tiempo con
más peso, por notificar un envejecimiento y un desarraigo de “poderes” que alguna
vez disfrutó en la juventud; la desgracia de buscar sus últimas señales de
pasión, y por ello se lo multa, se lo castiga, se lo va despojando poco a poco,
a través de acontecimientos implacables, de sus creencias y pensamientos
originales. Girando sobre él, podemos ir percibiendo una compleja Sudáfrica
cambiante, contradictoria, murmurando y penetrando con terrible violencia en la "esfera" burguesa del profesor. Los contrastes, poco a poco, se van nivelando.
El austero narrador “coetziano” es como un espectro
que (per)sigue al protagonista desde el momento en que comienza el declive sin
fin: De Ciudad del Cabo al Cabo Oriental, de Soraya y Melaine Isaacs a Bev
Shaw, de intelectual preocupado por su obra sobre Lord Byron a “el hombre de los perros”. Nos lo describe desde una
cierta antipatía, como si el narrador esperase
que desistiéramos de tomarle afecto al profesor; ingresa en sus
pensamientos, las transcribe o las cita incisivamente. Baraja los
acontecimientos como si pusiese a prueba la resiliencia del erudito. Nos seduce
con sus perífrasis y movimientos elípticos, que nos da mientras leemos la tarea
de completar lo que no se dice. Por lo tanto, como la desgracia misma, la
novela es dura, impredecible hasta la última palabra. Será virtud de Coetzee, la de
mantenernos en vilo con tramas simples, y por debajo de la mesa, darnos varios
lugares y temas reflexivos.
Intuía ya desde su título punzante de qué se tratará, sentí que tal
contundencia sería también su estilo, su narrativa. En efecto, al
terminar de leer la novela, comprobé que el título no me mentía y tampoco dejó de sorprenderme.. sin embargo,
la obra no me devolvió al mundo real como cuando inicié el viaje... la
"desgracia" se traspasó de los signos del autor hacia mi percepción de lo real... toqué fondo, besé la angustia, tuve que bailar con la fea, como el profesor. Más que una lectura, fue un sueño larguísimo, es decir, me ocurrió a mí, junto al protagonista. En un diferente plano, pero me ocurrió. Aunque los sueños sean de otro material, los que están llenos de significantes sabemos que causan efectos en el mundo sensible... este sueño para mí ensombreció
lo previamente iluminado, como también iluminó las antes zonas oscuras,
invisibles. Pero cada lector, supongo, tendrá su particular efecto: "las buenas novelas
son máquinas de generar interpretaciones".
Jesús Predmesnik
Permiso, voy a opinar
lunes, 18 de junio de 2012
Gol en contra
Finaliza el primer tiempo del partido Boca y Fluminense. El padre se levanta y sale al balcón a fumar de los nervios;
la madre va a la cocina con la pava y el mate para preparar una segunda ronda;
la hija menor se encierra al cuarto declarando que va a revisar los mails, y el
hijo mayor camina ligero hacia el baño.
El primero en
volver es el padre, emanando una baranda de pucho terrible por todo el living,
como si hubiese fumado medio paquete. “¡Ya empieza!” grita ronco, y van
volviendo, primero la madre con el mate ya preparado, la hija menor regresa
minutos después. Desde el baño oyen un “ahí
voy” del hijo, que parece estar “en medio de un dificultoso trámite
fisiológico” como señala jocosamente el padre. El segundo tiempo inicia.
Se lavó
enseguida el mate, a los treinta y quince minutos, y esto al padre lo distrae
de su concentración ardua del partido que la iban ganando los brasileños, y por salirse de órbita futbolera, repara que todavía su hijo aún no salía del baño.
-¡¿Estás
bien?!-... no contesta.
-Dejalo, debe
estar constipado- le dice su esposa.
-Y, con los
mates que hacés… como no estarlo. ¡Por culpa tuya se está perdiendo el partido!- Responde,
levantándose del sofá y resoplando.
Golpea
levemente la puerta del baño, inclina acercando su boca cubierta de bigote:
-Hijo, ¿estás
bien?
-Eh, sí, ya
voy.
-Hace media
hora que estás encerrado.
-Estoy
descompuesto, nada más…
-Ah, entonces
no estás bien… ¿Por qué le mentís a tu padre? Hijo, ¿qué fue ese ruido? ¿Qué
estás haciendo?
-Nada, viejo.
-Nada no,
estás ocultando algo.Y justo en el baño lo venís a ocultar...
-Por favor,
¡Dejame cagar en paz!
-A mí, con ese
verso, no ¿Qué estás…?- entra al baño irrumpiendo y de pronto, lo ve. Sus ojos calientes se dilatan como si fueran de mercurio, y en su cara de piedra, terribles surcos
de amargura y consternación.
-Puedo
explicarlo todo, papá- dice el hijo mayor, sorprendido, en su secreto más
aberrante.
-No puede ser,
mi hijo… se volvió puto… ¡Dame eso!
- ¡No, papá!
¡Es mío!
-¡Qué va a ser
tuyo! ¡Qué mierda hacés con esto! ¡Dameló!
Forcejeo
violento, cacheteada, el padre logra quitárselo y su hijo quiebra en llanto
espasmódico.
-¡Andá, andá a
mirar el partido, carajo!- Rápido, su hijo cumple el imperativo, con temor de
otra represalia más, secandosé las lágrimas.
-¿Qué hacía
leyendo… "así habló Zaratustra", de Fri-ed no sé cuanto? ¿No le gusta más el
fútbol? ¿Se volvió gay?- Lleno de indignación, de cólera, traicionado por su
propio hijo, va destrozando hoja por hoja el libro. De pronto, oye un grito de
coro, un “gol” prolongado, xeneize. ¿Quién fue el que anotó? No lo podía
saber, solo alegrarse porque significa esto el empate, y la puerta a
semifinales de la Libertadores, a tan pocos segundos de concluir. Sin embargo, el padre no distingue la voz de su
hijo integrándose al feliz clamor, y la alegría se le fue por el inodoro junto las rotas hojas que había arrojado. Confirmando sus sospechas, termina entonces en
la cocina, reduciendo a cenizas lo que queda del libro hereje. Su hijo, como si
hubiese leído la mente del padre, responde al fin, desde el living, “¡Papá! ¡Yo
sí amo a mi ocaso!”.
Jesús
Predmesnik
Historias de mercado
y fanatismo.
sábado, 2 de junio de 2012
Campanas de lata
Oigo de nuevo
las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que
anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo
las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo
hastiado de callar, gritó. El proletario
desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron
extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír
las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos,
de murmullos de incomodidad.
Pero aquí
falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase
media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y
sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se
autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes
se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por
lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir
que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo,
callado.
El reclamo,
más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué,
hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos
cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos
tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay generalizaciones y generalizaciones: algunas,
inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un
pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha
pueden caer en este último tipo.
Para lucirte
como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones
sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la
sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este
"cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que
eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los
medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo
fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos
explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara
cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas”
así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen
el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los
progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede
pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a
caceroleadas.
Un progresista
reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir
como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista.
No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La
resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o
menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del
pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros
años de pesado sueño.
En esta nueva
noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo
general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando
a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me
permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y
Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito
de la pequeña burguesía,… a vos, pequeño
progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de
lata, rabiosas; doblan por vos.
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