Como para leerse una novela
titulada Desgracia está uno. Una palabra demasiada gris y perturbadora,
también un tanto agresiva: una palabra que si podríamos en la vida evitarla, lo
haríamos. Sin embargo esto no es una vida, es una novela, y sus leyes naturales
son otras y rigen distinto: lo que en el mundo “real” nos puede repugnar y
amedrentar, en el “ficticio” podría provocarnos curiosidad y coraje. Total,
como es ficción, aventurarnos en su universo no traería perjuicio o cambio
alguno en nuestro ser. Pero hay ficciones que no están hechas sólo de papel, y
que pueden dejar en off-side a mi enunciado anterior. Precisamente, una de esas
ficciones es “Desgracia” de John Maxwell Coetzee.
¿Quién es Coetzee? Este escritor y
ensayista sudafricano es uno de esos alquimistas contemporáneos que transforman
la pasta celulósica en oro, en vida. Y por ello ha sido condecorado varias
veces, como premio Nobel de Literatura
en 2003, y con dos premios Booker Prize: El primero en 1983 por “Vida y época
de Michael K”, el segundo en 1999 por “Desgracia”, el objeto de esta
reseña.
En el libro, la "desgracia" es
básicamente materia del que está hecho aquél universo, la carta magna y el
motor que regulan y traccionan los engranajes del mundo representado; es el mundo sudafricano y sus sujetos. La narración gira sobre un
profesor de la universidad de Ciudad del Cabo que va abandonando esa sensación
de ingravidez del transcurrir de la vida, para sentir el paso del tiempo con
más peso, por notificar un envejecimiento y un desarraigo de “poderes” que alguna
vez disfrutó en la juventud; la desgracia de buscar sus últimas señales de
pasión, y por ello se lo multa, se lo castiga, se lo va despojando poco a poco,
a través de acontecimientos implacables, de sus creencias y pensamientos
originales. Girando sobre él, podemos ir percibiendo una compleja Sudáfrica
cambiante, contradictoria, murmurando y penetrando con terrible violencia en la "esfera" burguesa del profesor. Los contrastes, poco a poco, se van nivelando.
El austero narrador “coetziano” es como un espectro
que (per)sigue al protagonista desde el momento en que comienza el declive sin
fin: De Ciudad del Cabo al Cabo Oriental, de Soraya y Melaine Isaacs a Bev
Shaw, de intelectual preocupado por su obra sobre Lord Byron a “el hombre de los perros”. Nos lo describe desde una
cierta antipatía, como si el narrador esperase
que desistiéramos de tomarle afecto al profesor; ingresa en sus
pensamientos, las transcribe o las cita incisivamente. Baraja los
acontecimientos como si pusiese a prueba la resiliencia del erudito. Nos seduce
con sus perífrasis y movimientos elípticos, que nos da mientras leemos la tarea
de completar lo que no se dice. Por lo tanto, como la desgracia misma, la
novela es dura, impredecible hasta la última palabra. Será virtud de Coetzee, la de
mantenernos en vilo con tramas simples, y por debajo de la mesa, darnos varios
lugares y temas reflexivos.
Intuía ya desde su título punzante de qué se tratará, sentí que tal
contundencia sería también su estilo, su narrativa. En efecto, al
terminar de leer la novela, comprobé que el título no me mentía y tampoco dejó de sorprenderme.. sin embargo,
la obra no me devolvió al mundo real como cuando inicié el viaje... la
"desgracia" se traspasó de los signos del autor hacia mi percepción de lo real... toqué fondo, besé la angustia, tuve que bailar con la fea, como el profesor. Más que una lectura, fue un sueño larguísimo, es decir, me ocurrió a mí, junto al protagonista. En un diferente plano, pero me ocurrió. Aunque los sueños sean de otro material, los que están llenos de significantes sabemos que causan efectos en el mundo sensible... este sueño para mí ensombreció
lo previamente iluminado, como también iluminó las antes zonas oscuras,
invisibles. Pero cada lector, supongo, tendrá su particular efecto: "las buenas novelas
son máquinas de generar interpretaciones".
Jesús Predmesnik
Permiso, voy a opinar

