sábado, 30 de junio de 2012

Cómo sobrellevar a Coetzee



Como para leerse una novela titulada Desgracia está uno. Una palabra demasiada gris y perturbadora, también un tanto agresiva: una palabra que si podríamos en la vida evitarla, lo haríamos. Sin embargo esto no es una vida, es una novela, y sus leyes naturales son otras y rigen distinto: lo que en el mundo “real” nos puede repugnar y amedrentar, en el “ficticio” podría provocarnos curiosidad y coraje. Total, como es ficción, aventurarnos en su universo no traería perjuicio o cambio alguno en nuestro ser. Pero hay ficciones que no están hechas sólo de papel, y que pueden dejar en off-side a mi enunciado anterior. Precisamente, una de esas ficciones es “Desgracia” de John Maxwell Coetzee.

¿Quién es Coetzee? Este escritor y ensayista sudafricano es uno de esos alquimistas contemporáneos que transforman la pasta celulósica en oro, en vida. Y por ello ha sido condecorado varias veces, como  premio Nobel de Literatura en 2003, y con dos premios Booker Prize: El primero en 1983 por “Vida y época de Michael K”, el segundo en 1999 por “Desgracia”, el objeto de esta reseña.  

En el libro, la "desgracia" es básicamente materia del que está hecho aquél universo, la carta magna y el motor que regulan y traccionan los engranajes del mundo representado; es el mundo sudafricano y sus sujetos. La narración gira sobre un profesor de la universidad de Ciudad del Cabo que va abandonando esa sensación de ingravidez del transcurrir de la vida, para sentir el paso del tiempo con más peso, por notificar un envejecimiento y un desarraigo de “poderes” que alguna vez disfrutó en la juventud; la desgracia de buscar sus últimas señales de pasión, y por ello se lo multa, se lo castiga, se lo va despojando poco a poco, a través de acontecimientos implacables, de sus creencias y pensamientos originales. Girando sobre él, podemos ir percibiendo una compleja Sudáfrica cambiante, contradictoria, murmurando y penetrando con terrible violencia en la "esfera" burguesa del profesor. Los contrastes, poco a poco, se van nivelando. 
El austero narrador “coetziano” es como un espectro que (per)sigue al protagonista desde el momento en que comienza el declive sin fin: De Ciudad del Cabo al Cabo Oriental, de Soraya y Melaine Isaacs a Bev Shaw, de intelectual preocupado por su obra sobre Lord Byron a “el hombre de los perros”. Nos lo describe desde una cierta antipatía, como si el narrador esperase  que desistiéramos de tomarle afecto al profesor; ingresa en sus pensamientos, las transcribe o las cita incisivamente. Baraja los acontecimientos como si pusiese a prueba la resiliencia del erudito. Nos seduce con sus perífrasis y movimientos elípticos, que nos da mientras leemos la tarea de completar lo que no se dice. Por lo tanto, como la desgracia misma, la novela es dura, impredecible hasta la última palabra. Será virtud de Coetzee, la de mantenernos en vilo con tramas simples, y por debajo de la mesa, darnos varios lugares y temas reflexivos.  

Intuía ya desde su título punzante de qué se tratará, sentí que tal contundencia sería también su estilo, su narrativa. En efecto, al terminar de leer la novela, comprobé que el título no me mentía y tampoco dejó de sorprenderme.. sin embargo, la obra no me devolvió al mundo real como cuando inicié el viaje... la "desgracia" se traspasó de los signos del autor hacia mi percepción de lo real... toqué fondo, besé la angustia, tuve que bailar con la fea, como el profesor. Más que una lectura, fue un sueño larguísimo, es decir, me ocurrió a mí, junto al protagonista. En un diferente plano, pero me ocurrió. Aunque los sueños sean de otro material, los que están llenos de significantes sabemos que causan efectos en el mundo sensible... este sueño para mí ensombreció lo previamente iluminado, como también iluminó las antes zonas oscuras, invisibles. Pero cada lector, supongo, tendrá su particular efecto: "las buenas novelas son máquinas de generar interpretaciones".

Jesús Predmesnik
Permiso, voy a opinar

lunes, 18 de junio de 2012

Gol en contra


Finaliza el primer tiempo del partido Boca y Fluminense. El padre se levanta y sale al balcón a fumar de los nervios; la madre va a la cocina con la pava y el mate para preparar una segunda ronda; la hija menor se encierra al cuarto declarando que va a revisar los mails, y el hijo mayor camina ligero hacia el baño.
El primero en volver es el padre, emanando una baranda de pucho terrible por todo el living, como si hubiese fumado medio paquete. “¡Ya empieza!” grita ronco, y van volviendo, primero la madre con el mate ya preparado, la hija menor regresa minutos después. Desde el baño oyen  un “ahí voy” del hijo, que parece estar “en medio de un dificultoso trámite fisiológico” como señala jocosamente el padre. El segundo tiempo inicia.
Se lavó enseguida el mate, a los treinta y quince minutos, y esto al padre lo distrae de su concentración ardua del partido que la iban ganando los brasileños, y por salirse de órbita futbolera, repara que todavía su hijo aún no salía del baño.
-¡¿Estás bien?!-... no contesta.
-Dejalo, debe estar constipado- le dice su esposa.
-Y, con los mates que hacés… como no estarlo. ¡Por culpa tuya se está perdiendo el partido!- Responde, levantándose del sofá y resoplando.
Golpea levemente la puerta del baño, inclina acercando su boca cubierta de bigote:
-Hijo, ¿estás bien?
-Eh, sí, ya voy.
-Hace media hora que estás encerrado.
-Estoy descompuesto, nada más…
-Ah, entonces no estás bien… ¿Por qué le mentís a tu padre? Hijo, ¿qué fue ese ruido? ¿Qué estás haciendo?
-Nada, viejo.
-Nada no, estás ocultando algo.Y justo en el baño lo venís a ocultar...
-Por favor, ¡Dejame cagar en paz!
-A mí, con ese verso, no ¿Qué estás…?- entra al baño irrumpiendo y de pronto, lo ve. Sus ojos calientes se dilatan como si fueran de mercurio, y en su cara de piedra, terribles surcos de amargura y consternación.
-Puedo explicarlo todo, papá- dice el hijo mayor, sorprendido, en su secreto más aberrante.
-No puede ser, mi hijo… se volvió puto… ¡Dame eso!
- ¡No, papá! ¡Es mío!
-¡Qué va a ser tuyo! ¡Qué mierda hacés con esto! ¡Dameló!
Forcejeo violento, cacheteada, el padre logra quitárselo y su hijo quiebra en llanto espasmódico.
-¡Andá, andá a mirar el partido, carajo!- Rápido, su hijo cumple el imperativo, con temor de otra represalia más, secandosé las lágrimas.
-¿Qué hacía leyendo… "así habló Zaratustra", de Fri-ed no sé cuanto? ¿No le gusta más el fútbol? ¿Se volvió gay?- Lleno de indignación, de cólera, traicionado por su propio hijo, va destrozando hoja por hoja el libro. De pronto, oye un grito de coro, un “gol” prolongado, xeneize. ¿Quién fue el que anotó? No lo podía saber, solo alegrarse porque significa esto el empate, y la puerta a semifinales de la Libertadores, a tan pocos segundos de concluir. Sin embargo, el padre no distingue la voz de su hijo integrándose al feliz clamor, y la alegría se le fue por el inodoro junto las rotas hojas que había arrojado. Confirmando sus sospechas, termina entonces en la cocina, reduciendo a cenizas lo que queda del libro hereje. Su hijo, como si hubiese leído la mente del padre, responde al fin, desde el living, “¡Papá! ¡Yo sí amo a mi ocaso!”.

Jesús Predmesnik
Historias de mercado y fanatismo.

sábado, 2 de junio de 2012

Campanas de lata



Oigo de nuevo las campanas de lata enfurecidas. El grito espontáneo y apocalíptico, pero que anhela la revolución. Volvió el enojo en la carne, rodando por la calle, flotando en el aire real, que la envicia. Enojo expresado ya no sólo bajo las blancas sábanas virtuales como se fueron dando estos meses. Volvió a brotar una rabia latosa, reminiscencia u honor a la bulla del 2001, aquel año que un pueblo hastiado de callar, gritó. El proletario desocupado en ayunas y el burgués herido en su cuenta bancaria se unieron extrañados. Acorralado, casi muerto, el pueblo había despertado aquella vez. Oír las cacerolas me provocó nostalgia, después de tantos años de ronquidos secos, de murmullos de incomodidad.  
Pero aquí falta toda una mitad. Los que agitan son sólo de barrios porteños de clase media. Parecen burgueses los que expresan bronca, con sus manos anilladas y sensación de inseguridad, con su aversión al gobierno oficialista, este que se autodefine como elemento metonímico del peronismo original. Los barrios más humildes se apartan del ruido, quizás por miedo, por no quedar como ridículos, por lealtad, o porque de verdad no tengan nada que reprochar. No puedo desadmitir que esto me provocó un rechazo a unirme al grito, y solo decidí contemplarlo, callado.
El reclamo, más allá de todo, de quiénes son los que pegan el grito, qué reclaman, y por qué, hasta de cuáles son los signos políticos representantes de estos sectores, es un fenómeno merecedor de atención, incluso de tolerancia. No tardaron algunos cuantos de afanarse en pintar de “gorilaje” el cacerolazo reciente. No todos tienen en cuenta, aún los más intelectuales, que hay  generalizaciones y generalizaciones: algunas, inducidas rigurosamente desde la experiencia empírica; otras, sostenidas por un pensamiento vago, cansado, ideologizado. Y tanto la Izquierda como la Derecha pueden caer en este último tipo.
Para lucirte como un progresista de estos tiempos, has de pensar: las manifestaciones sociales son válidas sólo sí están promovidas desde las clases básicas de la sociedad. Una manifestación burguesa, no rechina más que por sus intereses. Este "cacerolazo burgués" no representaría entonces al 54 % de la población argentina que eligió prolongar el proyecto nacional y popular neoperonista. Representan a los medios de comunicación monopólicos, y al Campo. Son indolentes, siempre lo fueron al sufrimiento del pobre, del desposeído, del explotado que ellos mismos explotan, del negrito cartonero. Ahora, hipócritas, hacen como si les importara cuando les tocan su bolsillo.
Los “progresistas” así expuestos, así como se expresan, son como los “gorilas”. Uno y otro tienen el mismo comportamiento. Primero piensan, luego ven. O ven lo que piensan. Los progresistas pueden ser tan hipócritas como los gorilas. Lo peor que puede pasar es que los ciegos de un lado y del otro se agarren a trompadas, o a caceroleadas.
Un progresista reprueba la pasividad social ante la existencia desagradable, amarga. Sentir como propio el sufrimiento ajeno es la virtud más placentera de un progesista. No obstante, reprobar la sumisión puede significar a veces la sumisión propia. La resignación ante el sistema, mal que nos pese, nos afecta a todos, en mayor o menor medida. Por eso, hasta llego rozar el disfrute cuando veo la bronca del pueblo, porque siento que se despierta, aún cuando sienta a su vez que le seguirán sus ojos medio abiertos, otros años de pesado sueño.
En esta nueva noche, nuevo ocaso, nuevo despertar, tratemos de no generalizar señores, y que lo general no nos desuna. He visto a morochitos con su carro de cartones acompañando a los vecinos protestantes de buen vestir en Cabildo y Juramento, si se me permite la autorreferencia. Para ser un burgués representante del Campo y Clarín no alcanza con ser vecino de Belgrano. Y aún así, si es exclusivamente el grito de la pequeña burguesía,…  a vos, pequeño progresista, te pido nada más que no preguntes por quién doblan las campanas de lata, rabiosas; doblan por vos.