-Jajaja... Dios mío, qué tiempos aquellos.
-Sí, qué manera de reír... Ah, hablando de viejos tiempos. ¿Te dije?.
-¿Qué cosa?
-Celeste.
-¿Celeste? ¿qué pasó?- Las comisuras de sus labios se volvieron llanas, horizontales, como sus cejas, después de tanta risa un poco escandalosa para los presentes parroquianos.
-Se casó.
-¿Cómo?
-Sí, se casó nomás.
-¿Cuando?
-Y, hacía una semana que regresó de luna de miel. Se fueron a Río. Qué cosa eh, un millón de lugares para ir, y justo se van a Río.
Silencio.
-Me enteré por Rodrigo. Rodrigo, el
correntino Rodrigo Linares... el que se sentaba al fondo siempre y hacía bardo.
Grandote, medio alsadito... ¿Te acordás que siempre decía “nai que penoná a nadie”?.
-Sí, sí...-hace una mueca de risa,
mientras se limpia las gafas, murmura algo imperceptible, y vuelve inmediatamente al gesto llano.
-Ayer me dijo, así al pasar, lo sabe
porque fue, hará un mes, a la despedida de soltero, pero del marido. ¿A que no sabés quién es el
marido?.- dice Ignacio. Enarca las cejas mientras le da un sorbo al café que ya
está tibiecito.
-¿Quién?..-
-No, no. No lo vas a poder creer-
sonríe ladeando la cabeza.
-Dale, chueco. Decílo, ¿quién es?
-Empieza con “T”,y termina con
“omás”.-
-No, no.
-Sí, así como lo ves. El jirafita.
-Che, me alegra por él. Y por ella.
Bueno...- se traga como si fuese un tequila el café; chasquido de labios.
Agarra el maletín sentado en la silla del ventanal. el cuero calentito; le dio el
sol durante toda la charla.
-Sabía que te iba a caer mal ¿ya te
vas?
-Sí, chueco, recordé algo que dejé
por hacer... me tengo que ir. Acá te dejo algo.- Saca su billetera negra del
pantalón, mientras se levanta.
-No, no, de ninguna manera. No te
hagás drama, en serio. Yo me quedo un rato más, tengo una cita con un proveedor ahora a las quince. La
verdad que te veo bien, eh. Me alegra habernos vistos, ¿después de cuanto?
¿diez, doce años? Qué bárbaro, cómo pasa el tiempo.
-Gracias, a mi también me hizo bien.
No sabés cómo. No sabés.
Se guarda la billetera intacta, con un ademán sin
expresión se retira. Mientras abre la puerta de cristal, Ignacio le seña al mozo
otro cortado. Éste, que se fija el reloj sobre donde está la barra, las catorce y veinte.
Mira para la ventana, Corrientes y Callao, en la peor hora. Ve que surcando reaparece
del otro lado del vidrio, su amigo de tantos años. Ve que se queda parado en el cordón,
mientras decenas de personas cruzan. Ignacio frunce el ceño, el semáforo se vuelve amarillo, se apuran los transeúntes multicolores; semáforo verde. Abre los ojos como
quien se pone lentes de contacto. Un chillido de frenos, Ignacio se levanta bruscamente, y con una exhalación
ahogada, sólo alcanza gemir “¡No, Pedro!”.
Jesús Predmesnik
Teoría del IceBerg Hemingwayiano
en épocas de calentamiento global

buen cuento!
ResponderEliminarOtra vez el estilete, fraccionando la realidad, viviseccionando y nada más...¿"La realidad es superior a la percepción"? La realidad está vacía, la llenan las percepciones; pero diría que no acepta las ficciones efectistas; como el buen teatro.
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