sábado, 22 de octubre de 2011

Metáforas de auxilio


Citado en la esquina de Corrientes y Florida de las diez de la noche, para ver algo en el cine y quizás algo más. Espero su presencia, como el que espera ver a Dios en la plegaria. Pero no rezo, no es a Dios quien espero. No seas egocéntrico, Todopoderoso. Sólo espero, y disfruto mientras del paisaje:
Una esquina que muestra cara distinta y sosegada, a la careta rabiosa que muestra durante el día. Arriba, las frías hermanastras de Cenicienta no están, solo una brillante hamburguesa plana pero gigante, y zapatillas de mismas dimensiones: promesas de mercaderes sobre la dicha eterna, al alcance de unos mangos. Abajo, hormigas perdidas, solitarias, sin una línea de marcha demasiado clara. Algunas de fina gabardina, otras descalzas. Lo que se ve huele a clandestino, heterodoxia, pero no hay nada fuera de lo común. Se escuchan fuertes olores de caño de escape, cartón y cloacas, entre débiles perfumes de trescientos para arriba. Se ven pasos apurados pero pocos, y muchos ronquidos en los peldaños de locales.

Pobre gente.

lunes, 17 de octubre de 2011

De la verdad que no se recomienda negar, las mentiras que son negables, y las que no.



Los que aceptamos a la vida esencialmente como una tragedia, entendemos a las alegrías venideras como el olvido efímero de tal sentencia. Hay pocas cosas importantes en la vida; si se pide una enumeración, a los más optimistas, es decir a los más seguros, resueltos, les bastarán los dedos de una sola mano para sorpresa de muchos. Y mayor será la exaltación cuando sepan que los pesimistas, por sus dubitaciones, despliegan una lista mayor de cosas significativas, porque aún hay todavía mentiras “importantes” en sus cabezas que dudan despojarse. 
No somos de creer en el deber de perseguir suspicazmente “a sangre y fuego”  todas las mentiras; no es nuestra postura la de Montaigne, que dice “es a la verdad la mentira un vicio maldito” porque la mentira es ante todo imaginación, y hay imaginaciones demasiado humanas para extirpar sin desangrar. Sólo sentimos aversión a las falsedades que hacen sufrir y hieren, que provocan temores, miedos. Pero sobretodo, combatimos aquellas que, además de distraer a las personas con alegrías falsas que pasan por verdaderas, en lo oculto arman y validan las condiciones reales para que la corroboración de la verdad trágica se efectivice sin su conciencia. En última instancia, no hay nada más indigno para la vida de un ser humano que se acabe en una y por una mentira.
Se nos juzgará entonces que somos seres tristes al concebir la vida de tal manera, porque implica pensar que en el Universo a determinados hechos les corresponderían la misma consecuencia; que distintas preguntas atañerían la misma respuesta; en definitiva, pareciera que nada en este mundo importa ni vale la pena, al saber que hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Seres tristes y sobrios, que nos reunimos para tener largas conversaciones de llanto y lamento, que nos encerramos en ambientes lúgubres y bibliotecarios a continuar con una solemne abstemia. Nada más lejos de la realidad, la tristeza no es precisamente ascetismo: también reímos, y mucho más de lo que ustedes piensan. Hacemos bromas, hasta algunas ingeniosas; muchos “tristes trágicos” practicamos también deportes, o miramos TV basura, concurrimos a boliches, o incluso a la cancha, los que mantenemos la pasión por el fútbol. La gran mayoría de nosotros, mientras se pueda, también disfrutamos de las creaciones artísticas; el arte se sirve especialmente de la figuración, la impostura. Piense sino cómo un kilo de papel y tinta se hace pasar por una historia de amor, o unos tantos gramos de pinturas al óleo se nos aparece como el rostro de una mujer angelical, o una secuencia proyectada de imágenes provocan la ilusión de continuidad y realismo. Sabemos concientemente que el arte a pesar de sus trucos es una farsa, necesaria. Si no hay plata para nada de eso, se puede gozar de cosas más pequeñas, de unos mates en el parque, y si aún así tampoco hay yerba, seguro algún buen vecino nos suministrará a buena gana una tacita. ¡Claro que nos permitimos alegrías, distracciones!
             Es que la vida parece cobrar otro vibrar, con la conciencia de que todos estamos por acá de paso. No somos perpetuadores decadentes de la tristeza, ni potenciales suicidas. Pero sí se nos puede distinguir entre las masas cuando no estamos alegres, porque no simulamos sonrisas para que el público no se “incomode”; cedemos lugar a nuestro sufrimiento cuando éste lo requiera, por ser inherente a la vida, insoslayable. ¿Por qué la sonrisa forzada, la carcajada gratuita y mentirosa de un desconocido es más valioso que una mirada estremecida, dolida, sufriente y sincera? ¿Por qué ante la pregunta “cómo estás” se recomienda mentir que uno está bien?. Nosotros, al sufrimiento le permitimos el lugar que merece, necesario para que pueda reflexionarse libremente de sus orígenes, sus causas. Lugar mismo que la idea dominante burguesa básicamente le niega, en aras del supuesto “derecho a la felicidad”: “todos tenemos derecho a ser felices, pero aquél que ‘prefiera’ sufrir, que lo haga al margen, y en silencio, para no comprometer los derechos de quienes ‘eligieron la felicidad’”. 

Jesús Predmesnik

viernes, 14 de octubre de 2011

Un cambio imperceptible


Todas las mañanas de los días hábiles la casa comienza con la rutina frenéticamente, despachando a sus cuatro  huéspedes: la madre que se va a trabajar de oficinista; el padre, a abrir su comercio; los dos hijos, a la escuela. El hogar queda entonces vacío hasta el mediodía, tipo una de la tarde, cuando regresa la menor.

martes, 4 de octubre de 2011

If you're going to San Francisco




“¡Aléjense de las torres!... puede que haya problemas con las luces. ¡Aléjense de las torres!...” grita Chip furiosamente, elevado en ese majestuoso escenario. Pero luego con amabilidad: “¡Concentrémosno para que deje de llover!... ¡Lluvia no! ¡Lluvia no!”. El público acata: “¡Lluvia no!¡Lluvia no!” gritan repetidamente, pero el cielo es sordo, y prosiguió dibujando gota por gota la ineptitud del Hombre.  Allí, entre los ciento de miles, el afiebrado Alvy observa con ojos impávidos que la gente a su alrededor, mojada y lejos de sentirse fracasada, esbozan  extrañas sonrisas, y no el normal fastidio por la suspensión del concierto. 

En medio de todo este mundo hecho de nubes, agua y mugre de todo tipo, y miles de felices caras empapadas, se pregunta si valió la pena aceptar la invitación de Annie. Indaga su alrededor, quizás buscando con quien establecer una correspondencia. Sólo distingue del murmullo popular la voz nasal de Joe: “¡Todo esto fue provocado por los cerdos fascistas del gobierno! no quieren que disfrutemos de la vida” dice el sagaz hippie, acariciándose la barba rubia mientras observa las gaviotas del Ejército ir y venir. También se percibe a lo lejos un permanente círculo de tambores africanos, colmando su paciencia por el ritmo frenético de la percusión y los aullidos. Mientras, ayuda a Annie y sus amigos a tender una lona para refugiarse antes de volver a la furgoneta. Se larga a llorar desconsoladamente. Llora, pero nadie alrededor lo nota,  porque está lloviendo, porque están felices.