martes, 20 de septiembre de 2011

El reflejo de la Luna


Estaba perdidamente enamorado de una de las cortesanas del reino. Se lo hice saber cara a cara en una fiesta en el palacio. Y desde pleno acto de confesión, tierna, vi en sus ojos esplendorosos y confusos la esperada correspondencia a mis sentimientos. Su boca en cambio, llena de razones, me dijo que acepta como prueba sincera de mi amor que yo la esperase durante cien noches, sentado en el jardín Real, frente al balcón de su alcoba. Me pareció justo así que acepté sin titubeos. Al irse dejó involuntariamente caer una prenda, un pañuelo blanco y perfumado; en vez de devolvérselo noblemente, me lo quedé. Se me ocurrió que la prenda podría ser mi talismán para resistir la pronta espera.
En la tarde siguiente ingresé a su jardín, con el permiso de la Guardia Imperial. Mi sirviente Shing por la mañana me había dejado preparado, en el sitio, lo necesario para sobrellevar la prueba lo más cómodo posible durante varios días: un sillón amplio, una gran canasta de víveres, frazadas, ropas, y un recipiente para necesidades que no comentaré aquí por pudor.
La primera noche hacía bastante frío, las frazadas me fueron útiles para soportarlo, y después la cálida luz del ventanal, acaso también el entusiasmo de la experiencia. Unas horas más tarde mi amada, mi futura esposa, se asomó al balcón y se sorprendió con una grandiosa sonrisa, y me dijo unas palabras de aliento. Su alegría me llenó de cuerpo entero, fue mi alimento durante varios días.
¿Qué hacía para soportar y pasar el tiempo allí sentado? Pensaba en ella, con ella inventaba hermosas historias que la fé luego me las leía como predicciones. Y dormía mucho, claro. Pero el frío y las lluvias torrenciales me complicaron las cosas. Pensé que así era mejor, que me pasara lo peor ahora y no después cuando esté verdaderamente agotado. Pero el lentísimo fluir del tiempo me hizo saber lo ingenuo que era al creer que cada día iba a ser más fácil. Los ruidos estomacales provocadas por el hambre y los dolores en las articulaciones fueron apareciendo terriblemente.El sillón al décimo día me parecía ya una piedra. Decidí entonces atarme con una soga que me cedieron los guardias. También decidí beber vino en abundancia algunas veces para embrutecer mis sentidos. 
Una noche de luna llena me había acordado de un viejo amigo poeta, compañero de bebidas, que en una ocasión se enamoró tremendamente de la luna, y el muy extravagante no tuvo mejor idea que dedicarle un poema, en plena ebriedad; cuando uno hace un poema a su amada, se enamora todavía más; y murió por ella, al intentar abrazar su reflejo en el agua. Levanté la copa a mi futura esposa cuando me vió esa misma noche, la levanté en bífido honor.
Tuve que resistir las miradas burlonas de los soldados, las risitas y los pesados comentarios de indignación de quien paseaba cerca de mí, pero las fugaces visitas de mi amada en el balcón me eran suficientes para mantener mi convicción. Algunas noches me venían a ver algunos familiares y amigos, tratando de convencerme de la locura que según ellos cometía; los invité a que no me vuelvan a ver hasta el día de la boda.
El invierno más duro de mi vida terminó, abriéndose paso la primavera entre flores nuevas. Estaba más o menos por la mitad del plazo establecido, y se me acabaron antes de lo previsto los víveres, entonces ordené a que avisaran a Shing para que me trajera más comida. Cuando mi sirviente vino con una nueva canasta me aconsejó, al verme algo cansado, que trate de pensar lo menos posible. Me dijo sabiamente que las palabras son verdaderas fuentes de sensaciones: menos palabras, menos sensaciones; y que pensar mucho también consume energía. Cuando terminara todo esto pensé en darle a Shing una recompensa extraordinaria por ser el único quien avaló mi decisión.
Las noches siguientes pasaron vertiginosamente: pensaba poco, gastaba poca energía, por lo tanto comía menos. Sólo me sentía cansado, entonces dormía o me desmayaba. Tuve varias veces temperatura alta. Y ella, mi futura esposa, se asomaba a verme con menos frecuencia. De todos modos, sufría menos de lo que debía: mi talismán sin poseer el perfume de su dueña todavía me protegía, sobretodo de la declinación. Muchas veces pensé en abandonar la prueba, sí, y corrí el riesgo de levantarme del sillón, cuando por ejemplo, llegando ya el verano, cayó un granizo tremendo. Luego sufrí la peor gripe de mi vida, el médico personal me ordenó volver a casa, olvidando quién es el que emite las órdenes aquí.
La peor de las noches fue la ochenta y ocho. Mi amada había mandado colocarse unas cortinas en el ventanal durante la tarde, privándome así del resplandor cálido de su ventanal para siempre. Y por la madrugada sentí oír algunos gemidos y golpeteos de adentro de su habitación.  Fue la primera vez que había llorado por una mujer, y la primera vez que había hecho caso omiso a una traición. ¡Claro que pude haberme levantado en ese momento! de salvar el poco orgullo que me quedaba, pero algo me decía que tanto sacrificio... en fin.
La noche noventa y nueve me descubrió todo flaco hasta los huesos, pálido, con gripe y muy sucio. Nada que ver con la saludable osamenta y belleza de hacía cien días atrás. ¡Y cometí una falta! es que dolorido me desaté del sillón y levanté, y sigilosamente me bañé en el estanque contiguo entre los arbustos; quería estar al menos limpio para el final de la prueba. Nadie me vió por suerte, nadie me prestaba atención ya, pero no pude evitar sentirme algo culpable.
¡Y llegó la noche cien al fin!¡Amada mía! llamaba insistente, hasta que apareció su figura en el balcón, después de tantos días sin verla. Estaba más hermosa que nunca Bajó al precioso jardín y de cerca pude ver una cara  que me observaba de arriba abajo. Me dijo al fin que estaba eternamente halagada por mi valentía y mi amor, pero que desgraciadamente debía abandonar la idea de contraer matrimonio con ella. ¡Amantes seamos entonces! propuse. Negó con la cabeza. ¿Quieres acaso cien días más, amada mía? le pregunte tan decidido como desesperado. Pero no y no. Ella me tendió la mano para al fin despegarme del asiento, y me besó la mejilla. Luego, se despidió como si nada, y nunca más la volví a ver. Una lástima, porque ni siquiera me llevo conmigo el recuerdo de las sensaciones, si las tuve, del presunto beso. Y no me pregunten del pañuelo.

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