Busco cinco amigos. ni más ni menos. No quiero un amigo sólo, porque no lo sentiría como tal, sino casi como un amante; es nocivo depositar toda la confianza y afecto a una única persona. Tampoco me sirven dos amigos, para que seamos tres: en los triángulos humanos siempre existe un ángulo más aislado que los demás. Que seamos cuatro amigos estaría mejor, pero sigue siendo insuficiente. No quiero cuatro para que seamos un grupo de cinco: se trata de un número impar, como el grupo de tres, así que podría acarrearse el mismo problema. Quiero cinco amigos para que seamos seis, el grupo ideal. Seis es un número par, así el afecto se puede dividir por igual entre todos, de manera tal que la ausencia de uno ni será catastrófico ni pasará desapercibido; y es la cantidad exacta, el máximo de amigos que puede tener uno al mismo tiempo. Nadie puede tener más de cinco amigos. Sé que no existe corazón ni voluntad para producir tanto afecto.
Una vez vi salir, justamente, a cinco uno tras otro de una casa del barrio. Los vecinos, al verlos juntos, murmuraban “ahí van los cinco” y yo me decía “¡justo lo que busco!”. Inmediatamente se volvieron a meter a la casa, y los seguí hasta la puerta, toqué timbre. Nadie me atendió, parecía estaban ocupados. Durante una semana, una vez por día, les golpeaba la puerta sin obtener respuesta.
Hasta el día de hoy yendo a hacer unos mandados: los vi en fila frente la puerta del hogar, sin hacer nada. Encontrarlos fue fruto de mi perseverancia, claro que sí. Me presenté y solicité entrar al círculo. No me dijeron nada. Comprendí que eran mudos, y también un poco serios. Al menos eran cinco. Volvieron a la casa, me quedé afuera y observé sus actividades desde la ventana, aplastando la nariz: vi que jugaban a las cartas, escuchaban radio, leían el diario. Una horita después, la puerta se abrió, permitiendome entrar. ¡Me puse muy contento!. Les dije mi nombre, y ellos sólo movían la cabeza, como asintiendo. ¡Por fin, Ya somos seis!.
Uno del grupo, el más alto, me sonrió, señaló una pared, luego a mí y después se tapó los ojos con el antebrazo. Interpreté que iban a jugar a “las escondidas” y yo era el que tenía que contar. Bueno, me puse frente la pared e inicié el conteo: veinte, diecinueve, dieciocho... escuché un fuerte golpe de puerta... tres, dos, uno, y empecé a buscar. Me costó horrores, casi media hora buscando por todos los rincones del vecindario, hasta en los cestos de basura. Volví a la casa y estaban los cinco, ahí frente la pared, haciéndome en silencio “piedra libre”. ¡Qué astutos son! Luego el más alto se tapó los ojos y empezó a contar con los dedos. Corriendo me fui a la calle, hasta la otra esquina donde había un Falcon abandonado, en ella me escondí. Habrán pasado como dos horas ya, se está haciendo de noche y todavía no me encuentran. ¿O ya me habrán visto? pero claro, como no pueden decírmelo...
COMUNIDAD (cuento original)
Somos cinco amigos; cierta vez salimos uno detrás del otro de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor dicho, se deslizó tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo, y se puso no lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente, todos estábamos de pie, en una línea. La gente se fijó en nosotros y saludándonos decía: los cinco acaban de salir de esa casa.
Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera siempre a entrometerse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que ya es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se le quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, la verdad, tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y admitido entre nosotros cinco es imposible e inadmisible en ese sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones implicarían una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el codo; pero por más que lo hagamos, vuelve siempre otra vez.
Me encuentro este cuento despues del reencuentro.
ResponderEliminarLejos de mi nido una Sol-Edad,
compañera de exilio encontrè...
rubia rodillona de sincero abrazo
con sus cinco y yo sèptima...