Estaba perdidamente enamorado de una de las cortesanas del reino. Se lo hice saber cara a cara en una fiesta en el palacio. Y desde pleno acto de confesión, tierna, vi en sus ojos esplendorosos y confusos la esperada correspondencia a mis sentimientos. Su boca en cambio, llena de razones, me dijo que acepta como prueba sincera de mi amor que yo la esperase durante cien noches, sentado en el jardín Real, frente al balcón de su alcoba. Me pareció justo así que acepté sin titubeos. Al irse dejó involuntariamente caer una prenda, un pañuelo blanco y perfumado; en vez de devolvérselo noblemente, me lo quedé. Se me ocurrió que la prenda podría ser mi talismán para resistir la pronta espera.
