domingo, 25 de septiembre de 2011

Una utopía mínima


   Está tan cansado que apaga el televisor, camina hacia el baño arrastrando los pies, se cepilla los dientes, y posa la espalda en la cama de doble plaza. Busca la postura precisa, la que no provoque los estrépitos de los resortes cuando apenas respira. La encuentra, y cierra los ojos. Pero así de cansado está el pobre hombre, que ni puede concentrarse siquiera en dormir. Resopla, se ventila la cara con las palmas, se quita de encima la colcha. El viento, el vibrar de las persianas medio abiertas, cada vez más sonoras. “Me cache en diez”, balbucea y se levanta de la cama para cerrarlas.
   Una gota que cae, en la pileta del baño. Una sola por suerte.
   Un violento cerrar de puertas en el piso superior.
   Arriba, murmullos. El vecino en un diálogo con alguien. Luego risas, la de una mujer, o un hombre de voz aguda. Se escuchan pisadas fuertes, y un cuerpo de consistencia sosa que cae. Golpes secos, contra la pared y el suelo, que para él es el techo. “No”, dice estirando la vocal y refregándose la cara.
Golpes más intensos y con cierto ritmo. Ta, ca, taca, ta, ca, taca.  

Una aflicción de goce y los ruidos se aceleran. “Pero la que te tiró de las pata, ¿Justo un lunes a las unas se te ocurre cojer?” lamenta en voz alta, como si pudieran escucharlo. Parece que da resultado, silencio.  Él sonríe y suspira.
   Otra vez los golpes, más fuertes, más rápidos. Taca taca taca taca. Un gemido casi grito que incrementa la pasión del percusionista. Tatatata. “¡No puede ser!” dice con saliva en la garganta. Los ruidos se mantienen invariables, como una máquina. Trompea al colchón, “¡Dale nena!¿Cuándo pensás acabar?¡La puta madre que te re parió!”. Un aullido como la de una loba, el gruñido de un toro cansado, y nada más. “¡Por fin, pibe!”, cierra los ojos complacidamente, con una mano debajo del calzón. 

   Dos gotitas caen en la pileta del baño. Tres. Cuatro.
   Risas, otra vez arriba, los bamboleos de un mueble chocando contra la pared y el suelo. “No viejo, ¡No seas forro!, son la una y media, ¡pero la concha de la madrina!”. Los redobles entran a la estrofa siguiente con mayor cadencia. Murmurando, abrupto el hombre se levanta de la cama arrojando las sábanas al vacío. Se pone la bata y las sandalias. Musitando escabrosas puteadas llega al piso superior, en la puerta cuarenta y cinco. Toca timbre, “Ya me vas a escuchar, pendejo de...” abren la puerta, sólo una abertura.

-¿Sí? Ah, ¿Cómo está?- dice el que está detrás de la puerta. Luego se asoma, revelando su rostro, párpados caídos, sonrisa estampada, moretones en la mejilla. El vecino.
-Disculpame querido, que te moleste Jor...Jorge, todo bien ¿y vos? No, te quería decir, ¿no te ofendés si te hago una preguntita? ¿Eh?-
-¡No viejito! Para nada, ¿qué necesitas?
-Nada, te, te quería preguntar, digo, si vas a estar mucho tiempo con...- menea la cabeza hacia el interior del apartamento.
-¡Jaja! viejito, te pido mil, un millón de culpas. ¡Qué vergüenza!
-No pasa nada, entiendo, yo a tu edad, no sabés. Pero el tema es que, bueno, mañana hay que trabajar, levantarse tempranito y...-
-Sí sí. Perdóneme, ¡qué nabo!, ya, ya cierro con el trámite. Ja, ja.
-Listo, disculpame a vos, chau, buenas noches.

   Está de nuevo en su apartamento sudando las puteadas puras que no pudo decir en el momento indicado. Encima, ¿por qué pidió disculpas? Se acuesta, por fin, disfrutando del silencio.
   Pequeños ladridos, no sabe si de la vieja del séptimo, o de su caniche. El goteo lejano del baño, otra vez cada tanto. El despertador que con un tono agudo avisa el cambio de hora. El susurro de las sábanas cuando mueve sus piernas inquietamente. Finalmente, los resortes. “Por qué, Dios. La puta que te parió, Dios. Se me aparece el diablo acá y te juro le vendo el alma, le vendo. Con tal que pueda dormir. ¿Tan difícil es? la re concha de la vaca” dice el hombre entre lágrimas.
   De pronto, el timbre, que atraviesa todo el hogar, con un eco monstruoso y estridente, como un viento del inframundo. Su cuerpo se sacude del susto. Otra vez suena. “Ay, mamita querida” dice temblando, y tocando la superficie de la mesita de luz. Se acerca a la puerta sigilosamente, espía nervioso por el mirador, pero está oscuro. De nuevo el timbre. “¡¿Quién es?! Disculpe, no le puedo abrir, no encuentro las llaves” miente. No se dio cuenta, pero se hizo pis encima.
-Sí, le pido disculpas, don Antonio. Soy Marisa, la del piso de abajo. Quería preguntarle si va a tener para rato con las palabrotas que usted dice, y si puede controlar el grifo de su baño que está perdiendo. A ver cuando también le echa aceite a los resortes de su cama. Vea, usted sabe que mañana hay que trabajar...-

Jesús Predmesnik

miércoles, 21 de septiembre de 2011

"Las madres" de Fabio Morabito


Empezaba a principios de junio, a veces antes, a veces después. Como sea, no era nada agradable estar jugando en casa de un amigo y de pronto, un segundo después de que él se hubiera marchado al baño o a la cocina por un vaso de agua, ver salir del cuarto de al lado a su madre toda desnuda y disponible. Había que enfrentársele sin ayuda de nadie, pues casi siempre la madre se encerraba con uno en la habitación asegurando la puerta con el pasador. Nos habían enseñado a golpear a las madres en el pecho, en la cabeza y en el bajo vientre, pero había madres robustas, otras flexibles como venados y otras gordas que trataban de aplastarlo a uno hasta que se rindiera y se prestara a sus caprichos. Caer en poder de una madre significaba quedar apresado en sus garras todo el mes de junio. 
Del atardecer en adelante había que tener cuidado con las que seguían apostadas sobre los árboles. De ordinario andaban desnudas encaramadas en algún tronco, con los senos hinchados, y los niños se divertían lanzándoles objetos filosos con sus resorteras. Si alguna mostraba la intención de bajar, la gente se retiraba hacia la acera de enfrente y desde ahí observaba el descenso de la madre, que invariablemente tenía heridas y cortaduras en todo el cuerpo a causa del continuo restregamiento con la corteza. Era ahí, en los árboles de la calle, donde las madres pasaban la mayor parte del tiempo gimiendo de deseo y sacudiendo las ramas. Al atardecer casi todas descendían y se ovillaban en algún zaguán para pasar la noche y los hijos aprovechaban esos momentos para curarles las heridas, llevarles alimentos y cubrirlas con una frazada. Muchas despertaban más tarde y se ponían a deambular sin objeto, o con el único objeto que las mantenía vivas, que era el de ser poseídas, percutidas y arañadas. Se volvían más resentidas y astutas, corrían sin hacer ruido y organizaban pequeñas celadas. 
Era frecuente oír al amanecer, proveniente de algún terreno baldío o de un edificio en construcción, los jadeos de las madres que sometían a sus presas. Uno podía acercarse con toda tranquilidad porque una madre que ya tenía su presa no representaba ningún peligro. La víctima (un oficinista, un obrero), atenazada entre los grandes muslos, se retorcía como se retuerce un gusano en el pico de un pájaro. La madre hacía con él lo que quería durante todo junio. Las madres que aún no capturaban a sus presas pendían de los árboles húmedos y goteantes, al acecho. Sus vientres estaban acuosos y reblandecidos y cuando alguna caía de un árbol se oía un tenue ¡paf! y a continuación se la veía encaramarse otra vez en el árbol sin el menor rasguño. A veces se dejaban caer a propósito para aplacar su fiebre, y ahí en el suelo, blandas y calientes sobre el asfalto de la acera, parecían desechos dejados por la resaca del mar. Ese completo abandono encendía a los hombres, que se estremecían al verlas. Unirse a una madre en ese estado era verdaderamente tocar el fondo de lo vulgar y ruin, y a las madres les bastaba una mirada para reconocer a los que habían caído en otros años. ¡Sabían cómo tratarlos! Les ordenaban que reptaran hasta sus pies y ellos obedecían lastimosamente a la vista de todos sin poder contenerse. Un seco golpe de talón en la nuca o en el cuello era toda la recompensa que recibían esos desgraciados. Las madres trepaban también por las bardas, por los balcones, por las vigas de los edificios en construcción, y los empleados del municipio les repartían el agua y la comida en grandes recipientes que dejaban en el suelo. Descendían hambrientas, empujándose y arañándose para ganar los mejores lugares. De inmediato, desde las ventanas de los edificios cercanos, los niños sacaban sus resorteras y las bombardeaban con piedritas o pequeños trozos de vidrio, hiriéndolas sin piedad mientras ellas aullaban de rabia. 

A fines de junio las madres se iban apagando y resecando y poco a poco, una tras otra, se dejaban arrastrar a sus hogares. La ciudad entraba en un estado de recogimiento eclesiástico. En las casas, los hijos y los maridos lavaban lentamente a las madres, limpiaban sus heridas y vigilaban su sueño, que a veces se prolongaba cuatro o cinco días seguidos. Todos caminaban respetuosamente de puntas para no despertarlas, las habitaciones permanecían en penumbra para que descansaran lo mejor posible y hasta los animales domésticos guardaban una compostura insólita. Las oficinas y las fábricas trabajaban al mínimo para permitir el cuidado más esmerado de las madres y casi nadie salía para algo que no fuera ir a comprar provisiones y medicamentos. Cuando despertaban las madres, repuestas de sus heridas, el olor penetrante de su frenesí se había esfumado de la ciudad. Se las volvía a ver trajinando en los balcones, unas en bata y otras ya vestidas para bajar al mandado. Ahí estaban otra vez sacudiendo las sábanas y regando las plantas o gritando alguna advertencia a sus hijos que se marchaban a la escuela. Las chimeneas de las fábricas volvían a echar humo a toda su capacidad, los tranvías chirriaban en las curvas y la gente discutía y se peleaba al menor roce. Hasta los perros callejeros iban con más ánimo a sus asuntos. El estruendo acostumbrado llenaba la mañana y nadie parecía acordarse del desorden y la angustia de los días pasados. Nadie comentaba nada. Sólo en los árboles en los que habían morado las madres, húmedas y furiosas, ahora pendían, maduros, los grandes frutos del verano.

Fuente: http://ludimagistercom.blogspot.com/2011/05/las-madres-de-fabio-morabito.html



martes, 20 de septiembre de 2011

El reflejo de la Luna


Estaba perdidamente enamorado de una de las cortesanas del reino. Se lo hice saber cara a cara en una fiesta en el palacio. Y desde pleno acto de confesión, tierna, vi en sus ojos esplendorosos y confusos la esperada correspondencia a mis sentimientos. Su boca en cambio, llena de razones, me dijo que acepta como prueba sincera de mi amor que yo la esperase durante cien noches, sentado en el jardín Real, frente al balcón de su alcoba. Me pareció justo así que acepté sin titubeos. Al irse dejó involuntariamente caer una prenda, un pañuelo blanco y perfumado; en vez de devolvérselo noblemente, me lo quedé. Se me ocurrió que la prenda podría ser mi talismán para resistir la pronta espera.

LOS SEIS... basado en el cuento "Comunidad" de Kafka


Busco cinco amigos. ni más ni menos. No quiero un amigo sólo, porque no lo sentiría como tal, sino casi como un amante; es nocivo depositar toda la confianza y afecto a una única persona. Tampoco me sirven dos amigos, para que seamos tres: en los triángulos humanos siempre existe un ángulo más aislado que los demás. Que seamos cuatro amigos estaría mejor, pero sigue siendo insuficiente. No quiero cuatro para que seamos un grupo de cinco: se trata de un número impar, como el grupo de tres, así que podría acarrearse el mismo problema. Quiero cinco amigos para que seamos seis, el grupo ideal. Seis es un número par, así el afecto se puede dividir por igual entre todos, de manera tal que la ausencia de uno ni será catastrófico ni pasará desapercibido; y  es la cantidad exacta, el máximo de amigos que puede tener uno al mismo tiempo. Nadie puede tener más de cinco amigos. Sé que no existe corazón ni voluntad para producir tanto afecto.

Una vez vi salir, justamente, a cinco uno tras otro de una casa del barrio. Los vecinos, al verlos juntos, murmuraban “ahí van los cinco” y yo me decía “¡justo lo que busco!”. Inmediatamente se volvieron a meter a la casa, y los seguí hasta la puerta, toqué timbre. Nadie me atendió, parecía estaban ocupados. Durante una semana, una vez por día, les golpeaba la puerta sin obtener respuesta.  

Hasta el día de hoy yendo a hacer unos mandados: los vi en fila frente la puerta del hogar, sin hacer nada. Encontrarlos fue fruto de mi perseverancia, claro que sí. Me presenté y solicité entrar al círculo. No me dijeron nada. Comprendí que eran mudos, y también un poco serios. Al menos eran cinco. Volvieron a la casa, me quedé afuera y observé sus actividades desde la ventana, aplastando la nariz: vi que jugaban a las cartas, escuchaban radio, leían el diario. Una horita después, la puerta se abrió, permitiendome entrar. ¡Me puse muy contento!. Les dije mi nombre, y ellos sólo movían la cabeza, como asintiendo. ¡Por fin, Ya somos seis!. 

Uno del grupo, el más alto, me sonrió, señaló una pared, luego a mí y después se tapó los ojos con el antebrazo. Interpreté que iban a jugar a “las escondidas” y yo era el que tenía que contar. Bueno, me puse frente la pared e inicié el conteo: veinte, diecinueve, dieciocho... escuché un fuerte golpe de puerta... tres, dos, uno, y empecé a buscar. Me costó horrores, casi media hora buscando por todos los rincones del vecindario, hasta en los cestos de basura. Volví a la casa y estaban los cinco, ahí frente la pared, haciéndome en silencio “piedra libre”. ¡Qué astutos son! Luego el más alto se tapó los ojos y empezó a contar con los dedos. Corriendo me fui a la calle, hasta la otra esquina donde había un Falcon  abandonado, en ella me escondí. Habrán pasado como dos horas ya, se está haciendo de noche y todavía no me encuentran. ¿O ya me habrán visto? pero claro, como no pueden decírmelo...

COMUNIDAD (cuento original)
Somos cinco amigos; cierta vez salimos uno detrás del otro de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor dicho, se deslizó tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo, y se puso no lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente, todos estábamos de pie, en una línea. La gente se fijó en nosotros y saludándonos decía: los cinco acaban de salir de esa casa. 
Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera siempre a entrometerse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que ya es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se le quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, la verdad, tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y admitido entre nosotros cinco es imposible e inadmisible en ese sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones implicarían una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el codo; pero por más que lo hagamos, vuelve siempre otra vez.