Todas las mañanas de los días hábiles la casa comienza con la rutina frenéticamente,
despachando a sus cuatro huéspedes: la
madre que se va a trabajar de oficinista; el padre, a abrir su comercio; los
dos hijos, a la escuela. El hogar queda entonces vacío hasta el mediodía, tipo
una de la tarde, cuando regresa la menor.
Ella se prepara un escueto almuerzo en una bandeja, apresurada, y se instala en la computadora situada en el living.
Ella se prepara un escueto almuerzo en una bandeja, apresurada, y se instala en la computadora situada en el living.
A las tres, regresa la
madre. Reniega con su hija por no esforzarse a mantener un poco limpia la casa,
ni siquiera de prepararse algo más nutritivo, entonces le ordena que vaya a
hacer los deberes. Aprovechando que se retira al cuarto, la recién llegada
ocupa la PC, a chusmear por las redes sociales.
A las seis, regresa el
hijo mayor. Malhumorado como todo adolescente. Se prepara un chocolate, o unos
mates, y espera a que la madre vaya a la cocina para ir preparando la cena.
Antes de poder tocar el mouse, siempre reaparece abruptamente su hermana, para
saludarlo, y pedirle un minutito para chequear el correo electrónico. A veces
le otorga el permiso, otras veces no. Cuando no, la menor vuelve rezongando a
su habitación y desaparece de un portazo.
Nunca es un “minutito”, pero tampoco más de un cuarto de hora.
A las ocho de la noche,
regresa el padre con aspecto terrible, cansino. Saluda a los huéspedes, y al
único que le demuestra alegría cuando vuelve de trabajar, al viejo labrador.
Salta, ladra, lametea, se hace ver. Después, el padre no le pide, sino que le ordena
a su hijo que apague la PC; deduce que “la máquina” habría estado prendida
desde el mediodía. El padre es de la generación de la TV “esplendorosa” y la
radio “decadente”: todas las noches enciende el televisor después de ponerse
cómodo en pantuflas, o en ojotas, según la estación.
A las nueve, nueve y
cuarto, la cena. Todos, salvo el padre, con fingida tranquilidad comen
ligeramente sus platos. Nadie repite siquiera media ración, excepto el padre y
en muy contadas veces la madre. Luego, la sobremesa, el momento de mayor
tensión en la casa. Todos mirando el televisor, en silencio, excepto el padre,
que sí mira los programas banales que transmite la misma. Hasta que alguien, el
más valeroso de esa noche, abandona la mesa inescrupulosamente, dirigiéndose
nuevamente hacia la PC. Desde las diez y media, los tres van turnándose el
mando, a veces con amable petición, otras con descarada intromisión
aprovechando cuando por alguna emergencia el licenciatario abandona la silla.
Casi siempre es la madre que ríe último, y a las dos de la madrugada, la PC
recién se apaga, no sin antes una borrada del historial.
El padre, a todo esto,
ya a las once ha de despedirse de todos los huéspedes, para ir a la cama, solo,
con la radio portátil sonando bajito. Casi nunca llega a las doce despierto,
cuando empieza el programa de Alejandro Dolina (lo escucha desde “tarde para
lágrimas” con Castello).
Esta rutina en el hogar
se ha mantenido intacta desde meses, todos los días hábiles, los mismos pasos,
en el mismo orden y sentido. Hasta esta noche. Algo sucedió, una variación que quizás resulte imperceptible para los
huéspedes, se puede decir con certeza no se hablará de ello mañana. Resulta que
media hora después de la cena, del último tallarín masticado, mientras los tres
se disputaban la PC con la misma tensión de siempre, el padre, que en toda la
noche no dijo nada, se iba a dormir sin despedirse de nadie, ni un “chau” así
en el aire, nada. Sólo se acercó al viejo labrador, deseándole las buenas
noches y llenándole el bol con alimento balanceado.
A lo mejor es una nimiedad, pero cuando un cambio,
por minúsculo que sea, puede filtrarse por los poros de la rutina...mmm....
Jesús Predmesnik

Narración!.. Es una materia pendiente para mí, me gusta tu forma de escribir, aunque parezca una contradicción a mi falta, porque si algo me sucede en esta vida es, que tengo intuición te leí entre líneas algo presiento del cuento, algo se de vos!... y si, has crecido, mi deseo en este primer comentario es, que seas feliz con quien sos y lo que hagas, ese es el premio de vos para con vos
ResponderEliminarPorque nadie vive en tus ideas, en tus sentimientos, más que el Pedro! Que ves en cualquier espejo cuando deseas observar tu alma la misma que se refleja en tus ojos. Nashi…
"No sé por qué; estoy despierto, alerta, esperando la mañana..."
ResponderEliminarPensé este final, me lo recordó a mí misma, la lectora.
Me gustó tu cuento. :-) :0.)