“¡Aléjense
de las torres!... puede que haya problemas con las luces. ¡Aléjense de las
torres!...” grita Chip furiosamente, elevado en ese majestuoso escenario. Pero
luego con amabilidad: “¡Concentrémosno para que deje de llover!... ¡Lluvia no!
¡Lluvia no!”. El público acata: “¡Lluvia no!¡Lluvia no!” gritan repetidamente,
pero el cielo es sordo, y prosiguió dibujando gota por gota la ineptitud del
Hombre. Allí, entre los ciento de miles,
el afiebrado Alvy observa con ojos impávidos que la gente a su alrededor,
mojada y lejos de sentirse fracasada, esbozan
extrañas sonrisas, y no el normal fastidio por la suspensión del
concierto.
En medio
de todo este mundo hecho de nubes, agua y mugre de todo tipo, y miles de
felices caras empapadas, se pregunta si valió la pena aceptar la invitación de
Annie. Indaga su alrededor, quizás buscando con quien establecer una
correspondencia. Sólo distingue del murmullo popular la voz nasal de Joe:
“¡Todo esto fue provocado por los cerdos fascistas del gobierno! no quieren que
disfrutemos de la vida” dice el sagaz hippie, acariciándose la barba rubia
mientras observa las gaviotas del Ejército ir y venir. También se percibe a lo
lejos un permanente círculo de tambores africanos, colmando su paciencia por el
ritmo frenético de la percusión y los aullidos. Mientras, ayuda a Annie y sus
amigos a tender una lona para refugiarse antes de volver a la furgoneta. Se
larga a llorar desconsoladamente. Llora, pero nadie alrededor lo nota, porque está lloviendo, porque están felices.
Llegaron
hasta no más de diez metros de la furgoneta, luego de una hora de marcha lenta
bajo la tribulación del clima. Alvy, con el estómago melancólico y los párpados
irritados, siente que arden las cayentes gotas frescas. Le brotan estornudos
que nadie escucha por el estruendo de los charcos pisoteados, y la bulla de la
gente regocijándose de vaya a saber qué
entre el barro y los desperdicios. En realidad, Alvy lo sabe, se lo dijeron durante
la estadía: es un evento que festeja el simple hecho de estar vivos, con amor y
paz. Que el amor es lo esencial, lo necesario, la ley universal. Amor, amor,
amor. Si volviera a oír la palabra “amor”...
Desde
antes de ayer están cerradas las rutas 17, 17b y 55, ni siquiera puede ir a
Monticello, para tomarse allí un bus por su propia cuenta y regresar a
Manhattan. Fatalmente atrapado, levanta la mirada. Annie empapada y sonriente,
bajo la misma lona, le hace el gesto de los dedos en “v”. A él un rubor le
trepa por su pecho mojado: “no digas esa palabra, por favor” suplica desde sus
adentros. “Paz y amor” murmura ella. El rubor se transmitió hasta los nudillos y las sienes. “¡Qué ganas
de llevarte el rostro al fango, ahorcarte!” piensa, o más bien siente. Días
atrás el “¡qué ganas de...!” terminaba con
otras palabras.
El joven
había pasado la semana sin tener el coraje para decírselo a Annie. Quizás en
éste lugar plagado no encontraba un momento de privacidad. El viernes, en las
aguas del lago Keonuaga a un kilómetro del escenario, centenares se bañaban en
cueros; él se distraía torpe con todos esos jugosos senos mojados e inquietos,
pero volvía su atención hacia los que más rápidos, desenvueltos y sucios que él
coqueteaban con Annie. Ellos ejecutaban indecorosas maniobras de seducción, sin
elipsis, sin más “tensión atrayente” que la propia crudeza pueda provocar, pero
al ver que fracasaban Alvy volvía a la calma. Sin embargo, el alivio acabó
después del recital de Janis Joplin, mientras estaban en una fogata junto la
Mercedes Benz azul de Joe, conversando entre guitarras y porros. Los mismos
inadaptados de la laguna, en conjunto,
lograron envolver a Annie con sus velos de amor. Es decir, la fornicaron entre la maleza delante sus
propios ojos. Sin pudor, sin clemencia, pero claro, con mucho amor. Ella, ida
en un frenesí espantoso, parecía que mientras más eran mejor. Entre tanto, Joe
traía nuevas amigas y amigos que encontraba por ahí, para alimentar la bestia.
¡La bestia!, antes la sensible doncella de faldas coloridas, suaves cabellos
flameantes, de bailantes caderas, de acuosos ojos estivales. Extrañamente
hermosa como un arcoiris en la noche. La doncella que había enamorado al
príncipe, ahora devorada por esa bárbara comunista y pestilente, de ojos
negrísimos y hongos en el estómago. La bestia del hambre que tenía llegó a
pedir por Alvy, pero éste huyó. Durmió en la furgoneta temblando como un niño,
con sus primeras lágrimas en Woodstock, prendiendo antes un incienso para
contrariar el olor a sexo viejo. Pudo descansar sólo dos horas, a las seis lo
despertó las olas clamorosas del océano humano: Pete Townshend estaba
estrellando contra el suelo su guitarra, y no lo pudo ver. Damas y
caballeros, The Who. Alvy, derrocado antes de ser rey, ahora lo recuerda y
la bronca le bloquea el llanto.
Ésta bronca
no tiene ningún obstáculo para expresarse; la mesura se ha desgastado. La
violencia entonces es inexorable, aunque sorpresiva: el héroe le pega un
cachetazo a “la bestia”, haciendo que su hocico gire sobre sí mismo. Nadie
alrededor lo nota, la mayoría dentro de
sus carpas improvisadas y la tormenta que distrae. Salvo Joe, pero no reacciona, sólo tira la lona a un
costado. La fiera se reincorpora, se lleva sus horribles pezuñas al rostro;
parece secarse de un extraño líquido. De repente, emite un gemido. No es la de
una bestia comunista en pleno orgasmo, sino la de una mujer apaleada como una
perra. Alvy parpadea y la bestia desaparece, así como esa vibración en sus
manos. Joe reacciona y lo trinca del cuello, suelta improperios y amenazas que
el ofuscado de Alvy no oye, y dispuesto a la venganza toma su puño carrera,
pero Annie lo retiene justo un segundo antes de que se desfigure un rostro. El
rubio de barbas entiende y se aleja, no sin insultos que Alvy sigue sin oír;
sólo oye su culpa en este campo de ruidos. Dispuesto al castigo que espera de
Annie flexiona su cerviz, mas ella con sus manos lo detiene con dulzura
inesperada, levantándole el mentón antes de que lágrimas cayeran al barro.
-Ven conmigo a la
furgoneta, tenemos que hablar.
-Perdón Annie,
perdón.
Dentro del vehículo
azul, la tormenta es un susurro. Esto es lo que de alguna forma Alvy esperaba,
estar a solas con Annie, quizás ahora se lo diga. Ella introduce un cassette
con temas variados del rock y folk, él se queda mirando ese cuerpo que se
inclina. Cuerpo sucio, desprolijo, y encantador... tal como los acordes de
Richie Havens. Se sientan enfrentados, los ojos acuosos vuelven hacia él.
-Sólo quiero que me
perdones, nunca he golpeado a nadie. Nunca.
-¿Y por qué conmigo
rompiste tu récord?¿Qué te sucede? Lo menos que me merezco es que me expliques
qué pasa..
-Disculpame Annie.
Estoy muy cansado, demasiado. Hace días que siento fiebre, que no tengo un
baño, que no como bien, que me quiero ir. Todo esto me tiene muy mal, no puedo
como ustedes disfrutar de la suciedad.
-No, mi amigo, esto
es algo único lo que estamos viviendo. Es un momento para la búsqueda de la
paz, la fraternidad, y el amor a través del rock, de la música... En contra de
las armas, del sistema capitalista, de Vietnam, de...- Alvy se levanta
sobresaltado e interrumpe: -¿De qué Vietnam me hablas? Qué risa. Déjame
recordarte lo preocupada que estabas por Vietnam ayer fornicando como cerda.
¡No vengas con que estamos aquí por Vietnam!.- Después de semejante enunciado,
una joven cristiana, común y corriente golpearía al blasfemador. No así Annie,
que si bien es una ferviente atea, sabe poner mejor que nadie la otra mejilla,
como Cristo enseña. Sin embargo mientras Alvy retoma conciencia, se ve sólo en
la Mercedes. Ella había huido, quizás no le quedaban más mejillas que poner.
Alvy podría salir a buscarla para
pedirle nuevamente perdón y confesarle lo que siente en realidad, pero no lo
hace, como es costumbre.
Desea fumar un poco de marihuana. El roedor empieza a hurgar por
debajo de las sillas, por los costados del long play, por las cartera de Annie.
Mete mano, siente un pinchazo en el pulgar y encuentra una jeringa en una
bolsita de nylon. Y siguiendo la
curiosidad, otra bolsita con polvo marrón; de nuevo el rubor en su pecho.
Recuerda el modo en que Joe se lo cocinaba antes de ayer, no es demasiado
difícil. Atrapada en el parlante, le
dice Grace Slick que recuerde lo que dijo el lirón, alimenta tu cabeza.
Inspira hondo, deja que esa voz penetre y quiebre su cerebro. Desarmado, busca
un limoncito para cortar el polvo. Alimenta tu cabeza.
Acomoda la
jeringuilla sobre las venas del brazo, nunca estuvo más nervioso y a la vez tan
intrépido; está decidido. Sí, se convertirá en un yonqui más, ¿pero existe otra
forma de conocer mundos ajenos que no
sea atravesando las propias fronteras? ¿Hay alguna alternativa más fácil para
éste Orfeo, deseoso de rescatar a su Eurídice del inframundo? si existe, él no
lo sabe. Aprieta con firmeza el émbolo, grita. Aún, por más que duela y salga
sangre, presiente que se curará de las malas ondas, porque ellos hacen esto a
menudo y viven felices; porque Annie sabe ser feliz así, y él quiere serlo
también, con ella. Su deber es entender de qué se trata todo esto, qué es
Vietnam, quién es Annie, quién será él. Una vez abierta la puerta de su mente
con esa llave punzante, se pondrá cómodo en el sillón, a esperar en soledad que
ingresen las nuevas sabidurías. Por el parlante ahora se escucha el riff
blusero de “Day Tripper”, uno de los temas preferidos de Annie; para no
sentirse tan sólo.
Burbujitas de aire y diacetilmorfina raspan sus venas, que luego viajan a lo largo de sus vértebras y
le calma esa fiebre de tres días. Parece ir todo bien, pero siente que algo
salió mal en la inyección: aunque el dolor del pinchazo ya no existe, sigue
escapando sangre a montones, a lo largo de su antebrazo. Se está asustando,
pero tampoco siente que se asusta; suerte que sólo puede escuchar su corazón de
colibrí cansado. Luego de a poco se calma, sin sentir que se calma. Y eso lo
asusta de nuevo, el escuchar un sístole como cada diez segundos, y el conejo blanco todavía sin aparecer.
El cassette se terminó, y el mundo se le va volviendo mudo, poco a
poco. Inmóvil, su mirada fijada en el techo del vehículo. Un resplandor, como
si alguien abriese la puerta, y que se apaga al instante. Annie reaparece, no
la bestia comunista: Annie, el arcoiris. Su rostro se acerca al pálido y duro
joven. Murmura, parece estar preocupada. Detrás, Joe, quieto con una extraña
sonrisa. Alvy quiere abrazar el arcoiris pero no puede. Entre el absoluto
silencio, siente que su cuerpo no está más; como el humo se expande, se
dispersa, desvanece. Sólo hay una
imagen: Annie llorando. Y ella lo abraza, pero nada, todo deja de existir, el
mundo, la imagen, el amor, las lágrimas; poco a poco.
Jesús Predmesnik
Hijo, que orgullosa estoy!! te felicito...no escribo mas porque la baba no me deja...te ama, mamá.
ResponderEliminarDe verdad muy bueno, Jaku!
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