Los que aceptamos a la vida esencialmente como una tragedia, entendemos a
las alegrías venideras como el olvido efímero de tal sentencia. Hay pocas cosas
importantes en la vida; si se pide una enumeración, a los más optimistas, es
decir a los más seguros, resueltos, les bastarán los dedos de una sola mano
para sorpresa de muchos. Y mayor será la exaltación cuando sepan que los
pesimistas, por sus dubitaciones, despliegan una lista mayor de cosas
significativas, porque aún hay todavía mentiras “importantes” en sus cabezas
que dudan despojarse.
No somos de creer en el
deber de perseguir suspicazmente “a sangre y fuego” todas las mentiras; no es nuestra postura la de Montaigne, que
dice “es a la verdad la mentira un vicio maldito” porque la mentira es
ante todo imaginación, y hay imaginaciones demasiado humanas para extirpar sin
desangrar. Sólo sentimos
aversión a las falsedades que hacen sufrir y hieren, que provocan temores,
miedos. Pero sobretodo, combatimos aquellas que, además de distraer a las
personas con alegrías falsas que pasan por verdaderas, en lo oculto arman y
validan las condiciones reales para que la corroboración de la verdad trágica
se efectivice sin su conciencia. En última instancia, no hay nada más indigno
para la vida de un ser humano que se acabe en una y por una mentira.
Se nos juzgará entonces
que somos seres tristes al concebir la vida de tal manera, porque implica
pensar que en el Universo a determinados hechos les corresponderían la misma
consecuencia; que distintas preguntas atañerían la misma respuesta; en
definitiva, pareciera que nada en este mundo importa ni vale la pena, al saber
que hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Seres tristes y sobrios, que nos
reunimos para tener largas conversaciones de llanto y lamento, que nos
encerramos en ambientes lúgubres y bibliotecarios a continuar con una solemne
abstemia. Nada más lejos de la realidad, la tristeza no es precisamente
ascetismo: también reímos, y mucho más de lo que ustedes piensan. Hacemos
bromas, hasta algunas ingeniosas; muchos “tristes trágicos” practicamos también
deportes, o miramos TV basura, concurrimos a boliches, o incluso a la cancha,
los que mantenemos la pasión por el fútbol. La gran mayoría de nosotros,
mientras se pueda, también disfrutamos de las creaciones artísticas; el arte se sirve especialmente de la
figuración, la impostura. Piense sino cómo un kilo de papel y tinta se hace
pasar por una historia de amor, o unos tantos gramos de pinturas al óleo se nos
aparece como el rostro de una mujer angelical, o una secuencia proyectada de
imágenes provocan la ilusión de continuidad y realismo. Sabemos
concientemente que el arte a pesar de sus trucos es una farsa, necesaria. Si no hay plata para nada de eso,
se puede gozar de cosas más pequeñas, de unos mates en el parque, y si aún así
tampoco hay yerba, seguro algún buen vecino nos suministrará a buena gana una
tacita. ¡Claro que nos permitimos alegrías, distracciones!
Es que la vida parece
cobrar otro vibrar, con la conciencia de que todos estamos por acá de paso. No
somos perpetuadores decadentes de la tristeza, ni potenciales suicidas. Pero sí
se nos puede distinguir entre las masas cuando no estamos alegres, porque no
simulamos sonrisas para que el público no se “incomode”; cedemos lugar a
nuestro sufrimiento cuando éste lo requiera, por ser inherente a la vida,
insoslayable. ¿Por qué la sonrisa forzada, la carcajada gratuita
y mentirosa de un desconocido es más valioso que una mirada estremecida,
dolida, sufriente y sincera? ¿Por qué ante la pregunta “cómo estás” se
recomienda mentir que uno está bien?. Nosotros, al sufrimiento le permitimos el
lugar que merece, necesario para que pueda
reflexionarse libremente de sus orígenes, sus causas. Lugar mismo que la idea
dominante burguesa básicamente le niega, en aras del supuesto “derecho a la
felicidad”: “todos tenemos derecho a ser felices, pero aquél que ‘prefiera’
sufrir, que lo haga al margen, y en silencio, para no comprometer los derechos
de quienes ‘eligieron la felicidad’”.
Jesús Predmesnik
Comparto esa verdad Jesús. Me gustó la exposición.
ResponderEliminar¿Pero es la muete lo que tenemos en común y nos une o es el guiño, la contraseña implícita que "por abajo de la mesa" nos une sin vincularnos?... También los perros y los pájaros y los árboles centenarios y la breve hierba y la mariposa que casi resulta una aparición...morirán : acaso a "los tristes" les importa, pero no los moviliza a cambios de conducta.
Lo que nos comunica es la imprevisible posibilidad de la vida, de lo por vivir,...la misteriosa capacidad de cada uno de construir con otros los vínculos precisos para crear VIDA. No importa lo que nos pasa ni si vamos a morir, sino a través de la mirada vital : la experiencia vital, el Amor con su río subterráneo y su fuente o surtidor, su chorrito, su espejo de agua,en la superficie. La espectación...
Me gustó esta agua de palabras, sobre las rocas.