Está tan cansado que apaga el
televisor, camina hacia el baño arrastrando los pies, se cepilla los dientes, y
posa la espalda en la cama de doble plaza. Busca la postura precisa, la que no
provoque los estrépitos de los resortes cuando apenas respira. La encuentra, y
cierra los ojos. Pero así de cansado está el pobre hombre, que ni puede
concentrarse siquiera en dormir. Resopla, se ventila la cara con las palmas, se
quita de encima la colcha. El viento, el vibrar de las persianas medio abiertas,
cada vez más sonoras. “Me cache en diez”, balbucea y se levanta de la cama para
cerrarlas.
Una gota que cae, en la pileta del
baño. Una sola por suerte.
Un violento cerrar de puertas en el
piso superior.
Arriba, murmullos. El vecino en un
diálogo con alguien. Luego risas, la de una mujer, o un hombre de voz aguda. Se
escuchan pisadas fuertes, y un cuerpo de consistencia sosa que cae. Golpes
secos, contra la pared y el suelo, que para él es el techo. “No”, dice
estirando la vocal y refregándose la cara.
Golpes más intensos y con cierto
ritmo. Ta, ca, taca, ta, ca, taca.
Una aflicción de goce y los ruidos se aceleran. “Pero la que te tiró de las pata, ¿Justo un lunes a las unas se te ocurre cojer?” lamenta en voz alta, como si pudieran escucharlo. Parece que da resultado, silencio. Él sonríe y suspira.
Una aflicción de goce y los ruidos se aceleran. “Pero la que te tiró de las pata, ¿Justo un lunes a las unas se te ocurre cojer?” lamenta en voz alta, como si pudieran escucharlo. Parece que da resultado, silencio. Él sonríe y suspira.
Otra vez los golpes, más fuertes,
más rápidos. Taca taca taca taca. Un gemido casi grito que incrementa la pasión
del percusionista. Tatatata. “¡No puede ser!” dice con saliva en la garganta.
Los ruidos se mantienen invariables, como una máquina. Trompea al colchón,
“¡Dale nena!¿Cuándo pensás acabar?¡La puta madre que te re parió!”. Un aullido
como la de una loba, el gruñido de un toro cansado, y nada más. “¡Por fin,
pibe!”, cierra los ojos complacidamente, con una mano debajo del calzón.
Dos gotitas caen en la pileta del
baño. Tres. Cuatro.
Risas, otra vez arriba, los
bamboleos de un mueble chocando contra la pared y el suelo. “No viejo, ¡No seas
forro!, son la una y media, ¡pero la concha de la madrina!”. Los redobles
entran a la estrofa siguiente con mayor cadencia. Murmurando, abrupto el hombre
se levanta de la cama arrojando las sábanas al vacío. Se pone la bata y las
sandalias. Musitando escabrosas puteadas llega al piso superior, en la puerta
cuarenta y cinco. Toca timbre, “Ya me vas a escuchar, pendejo de...” abren la
puerta, sólo una abertura.
-¿Sí? Ah, ¿Cómo está?- dice el que
está detrás de la puerta. Luego se asoma, revelando su rostro, párpados caídos,
sonrisa estampada, moretones en la mejilla. El vecino.
-Disculpame querido, que te moleste
Jor...Jorge, todo bien ¿y vos? No, te quería decir, ¿no te ofendés si te hago
una preguntita? ¿Eh?-
-¡No viejito! Para nada, ¿qué
necesitas?
-Nada, te, te quería preguntar,
digo, si vas a estar mucho tiempo con...- menea la cabeza hacia el interior del
apartamento.
-¡Jaja! viejito, te pido mil, un millón
de culpas. ¡Qué vergüenza!
-No pasa nada, entiendo, yo a tu
edad, no sabés. Pero el tema es que, bueno, mañana hay que trabajar, levantarse
tempranito y...-
-Sí sí. Perdóneme, ¡qué nabo!, ya,
ya cierro con el trámite. Ja, ja.
-Listo, disculpame a vos, chau,
buenas noches.
Está de nuevo en su apartamento
sudando las puteadas puras que no pudo decir en el momento indicado. Encima,
¿por qué pidió disculpas? Se acuesta, por fin, disfrutando del silencio.
Pequeños ladridos, no sabe si de la
vieja del séptimo, o de su caniche. El goteo lejano del baño, otra vez cada
tanto. El despertador que con un tono agudo avisa el cambio de hora. El susurro
de las sábanas cuando mueve sus piernas inquietamente. Finalmente, los
resortes. “Por qué, Dios. La puta que te parió, Dios. Se me aparece el diablo
acá y te juro le vendo el alma, le vendo. Con tal que pueda dormir. ¿Tan
difícil es? la re concha de la vaca” dice el hombre entre lágrimas.
De pronto, el timbre, que atraviesa
todo el hogar, con un eco monstruoso y estridente, como un viento del
inframundo. Su cuerpo se sacude del susto. Otra vez suena. “Ay, mamita querida”
dice temblando, y tocando la superficie de la mesita de luz. Se acerca a la
puerta sigilosamente, espía nervioso por el mirador, pero está oscuro. De nuevo
el timbre. “¡¿Quién es?! Disculpe, no le puedo abrir, no encuentro las llaves”
miente. No se dio cuenta, pero se hizo pis encima.
-Sí, le pido disculpas, don
Antonio. Soy Marisa, la del piso de abajo. Quería preguntarle si va a tener
para rato con las palabrotas que usted dice, y si puede controlar el grifo de
su baño que está perdiendo. A ver cuando también le echa aceite a los resortes
de su cama. Vea, usted sabe que mañana hay que trabajar...-
Jesús Predmesnik

Jajajaja muy bueno
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