“El
nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de 'rosa' está la rosa,
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’”
Casi como si se tratara de una
melodía determinada, que induce el vibrar de esas cuerdas profundas de la
memoria, y hace emerger de la nada un recuerdo olvidado... no exagero; algo así
me ocurre a veces cuando oigo ciertas palabras, que me conducen más allá de su
significado. Es evidente que se resignifican mientras la historia las va
enunciando, y que pronunciarlas de nuevo es un evocar o connotar momentos,
lugares, que no necesariamente son de la propia experiencia. En constancia se
construyen palabras que indican historia, y ahora, una en particular está
poco a poco relabrándose su contenido. Esa expresión es, me parece a mí, la que
dicen “todos y todas” en lugar de “todos”[2].
Elijo hablar de esto porque, en primer lugar, no ha dejado de provocarme una
sensación de cierta “extrañeza” lingüística; y en segundo lugar, a veces me
remite a un rostro en especial, una cara que está ahí elevada sobre otras miles
uniformes, y su voz que se inclina, expande y se cuela en los oídos de todos
los argentinos (y argentinas, como gusta agregar ella); una figura, una mujer
muy importante para nosotros (y nosotras), por más que a muchos no les agrade
tal cosa. “Todos y todas” me remite, efectivamente, a Cristina Fernández de
Kirchner, nuestra actual presidenta de la Nación.
Debo aclarar que esto no me ocurre gracias a una
“fascinación” por su persona (¡mala plaza enamorarse de las lejanas!). Se puede
aprender a salivar involuntariamente algunos recuerdos cual perro de Pablov;
así es cómo Cristina me ha enseñado recordarla, a fuerza de repetición, cada
vez que oigo o leo alguien decir “todos y todas”[3],
haciéndome establecer en sus labios políticos el origen y el sentido de la
frase[4].
Estoy seguro de que a más de uno le pasa semejante cosa; si me ocurre a mí,
quien tiene no pocas reservas contra su gestión y su partido, ¡me imagino a los
que la adoran, la aman, la “protegen”!.
Empezando por la primera impresión; dije que causa una
“extrañeza”, ¿está bien dicho “todos y todas”?. La lengua española, con sus
morfemas clásicos (-a,-o), marca en sustantivos y adjetivos dos géneros
(lingüísticos), el femenino y el masculino. El masculino, puede funcionar como
género neutro, o sea que, al decir “todos” refiriéndose a una totalidad de
sustantivos vivos, no se descarta de la inclusión femenina en el grupo dado.
También existe lo que se llama “género epiceno”, en sustantivos que
morfológicamente no admiten una distinción de géneros simplemente con un cambio
de morfemas. Hay una discusión que se da en una gran diversidad de foros sobre
la viabilidad de “todos y todas” y que se deriva invariablemente hacia el tema
de la distinción de géneros en la lengua española. Algunos, socolor de una
“economía lingüística” que la misma lógica de la lengua buscaría establecer,
creen que no se debería permitir tal expresión, porque se caería en una
redundancia; otros piensan que la expresión es admisible porque la lengua es
polisémica y ambigua, por lo tanto la inclusión del femenino en muchos
contextos no logra manifestarse claramente sino es expresando el
correspondiente morfema genérico, llegando a “invisibilizar” a la mujer en el discurso.
Uno puede perfectamente darse cuenta que es importante entender las palabras en
el momento que las enuncian, porque su sentido se ve vulnerado por el contexto,
y aquella discusión no aporta demasiado en este aspecto, dado que se discute el
fenómeno léxico, gramático, y no su causa comunicacional. Convendría, por
tanto, hablar ahora sobre ello, para seguir avanzando “niveladamente” sobre
éste tema.
Todos y todas, según pude
observar, es una expresión recurrente en los discursos políticos del
kirchnerismo. Luego, se dilata hacia sectores políticos y sociales ideológica o
políticamente a fines con ese bloque de poder, como también fracciones de
oposición izquierdista y progresista[5].
Sin embargo, he percibido que no sólo hay determinados estratos sociales
“enunciadores” de tal expresión, también se circunscribe regularmente en
determinados géneros discursivos: en cartas, panfletos, folletines, discursos
políticos de algunas movilizaciones sociales, en el género periodístico;
géneros discursivos que les habla a auditorios amplios y que no precisan de una
respuesta simultánea o dialogalmente. Todavía, en mi experiencia, no lo he
escuchado con tal regularidad en conversaciones orales, ni siquiera en algunas
personas que conozco militantes en “La Cámpora”[6],
tampoco los que militan en otras corrientes progresistas e izquierda. Quiero
decir, aún no se descartaría completamente, en el habla, la posibilidad del
género masculino de incluir al femenino.
¿Por qué el término se encontraría en estos momentos
circunscripto a tales géneros discursivos, y a tales enunciadores? ¿qué es, en
definitiva, todos y todas? Algo que puede rescatarse de aquella
discusión, es sobre la redundancia lingüística, que se le suele llamar
“pleonasmo” como si fuese un vicio del habla, algo que debe evitarse.
Ciertamente, el pleonasmo puede ser visto de otra manera, como una operación
retórica que tiene efecto sobre la enunciación, que “embellece” o provoca un
llamado de atención sobre el texto, el discurso. El Grupoµ[7] dice que la “figura” retórica, el tropos, es siempre percibido a
partir de una “impertinencia”, y constituye el efecto poético del “texto”.
Quizás esta perspectiva pueda comprender la situación enunciativa del término,
entendiéndola como una figura retórica buscada y según la situación
comunicacional, más que un accidente lingüístico involuntario.
Por último, ¿qué hay, entonces, de esa remisión a Cristina
Fernández que logra el enunciado en cuestión? A mí parecer, a la par de ser un
producto de la reiteración constante en su discurso, también habría que
considerar la innegable y sostenida construcción de un ethos[8]
que identifica al kirchnerismo como el “heredero legítimo” de “lo mejor”
del peronismo original: Eva Duarte y
Juan Domingo Perón. El uso reiterado de todos y todas por este bloque y
Cristina Fernández, a mi criterio, sino oculta, al menos parcializa, “eclipsa”
una connotación original (y hasta me
atrevería decir, correcta), poniéndose como primer plano su figura, su cara, su
voz. ¿Cuál connotación original?
Realmente, la expresión todos y todas tiene una historia (un uso, un
significado) que precede incluso la asunción del primer mandato presidencial.
No puedo indicar con certeza quién lo dijo por primera vez, pero al
interiorizarme en la cuestión, me di cuenta que el movimiento feminista, con
toda su heterogeneidad ideológica y metódica, que viene luchando por una
reivindicación de derechos y un reconocimiento de igualdad, ha peleado también
contra la simbología y las propiedades del lenguaje que perpetúan el
pensamiento, la cultura, y por lo tanto, el “sistema machista”. Entonces, bien
podría considerarse al feminismo como la cuna de tales expresiones
“impertinentes” de la distinción de género. Pero, si se mira bien, ese efecto
“eclipse” que la figura de nuestra Jefa de Estado realiza sobre la figura del
movimiento feminista, no es tan disímil. Ella, es una mujer; recordemos la
aproximación discursiva construida entre su imagen y la de Evita; recordemos que
su ethos, además, es la de una líder que promete a su pueblo un cambio,
en base a un modelo “nacional y popular”, con los valores de la “libertad y la
igualdad”; y por último, su cargo jerárquico consiste, en última instancia, ser
la representante de todo el pueblo argentino. No puede haber, en apariencia,
una relación antagónica, chocante, entre la “connotación original”, y la
actualizada. Es decir, hay entre la presidenta y el movimiento al menos
discursivamente una cercanía; las condiciones están dadas para que se realice
un sigiloso proceso metonímico sobre el significado secundario de todos y
todas, pero también un corrimiento en la connotación política: a pesar de
que los movimientos feministas (tal como otros movimientos sociales) lucharan
por su reconocimiento en todo sentido, sus logros obtenidos en el campo serán
más registrados como frutos de la voluntad y gestión gubernamental, del bloque
de poder, como si estos, para implementar ciertas medidas retributivas a la sociedad, no necesitaran del constante
reclamo acosador de “las clases dominadas”.
El feminismo en el mundo ha exigido visibilizar y
distinguir discursivamente (y socialmente) a la mujer; ha dicho todos y
todas, una expresión donde la “y” relaciona, horizontal, a dos totalidades
que se necesitan recíprocamente la una de la otra. Todos y todas no es
en este caso sólo una figura retórica, sino un objetivo y una bandera; han
logrado que la expresión se difundiese al menos en algunos sectores (gracias
quizás a sus primeras articulaciones con el marxismo), y a lo mejor pueda más
adelante, como si se tratase de una neolengua orwelliana pero positiva,
progresista y sin otra directriz que la sociedad, propagarse no tanto la
expresión sino su contenido, su sentido, por la médula ideológica del hombre y
la mujer. Acá, en Argentina, quizás estén logrando su cometido, pero, en
cambio, no se ven con facilidad sus esfuerzos; acá, Todos y todas significaría
otra cosa: Cristina Fernández de Kirchner, la nueva Evita, Kirchnerismo,
gobierno, modelo nacional y popular. Néstor. Y después, acaso, la reciprocidad
de las totalidades, la bandera azul y rosa, y no la tradicional celeste rosado
del sistema patriarcal.
Predmesnik Jesús
[1] En ningún ensayo puede faltar un epígrafe a nombre de Borges, o
personas de igual o mayores luces, si se quiere mostrar una prueba “infalible”
de la amplia erudición del escribiente; atributo que podrá verse desmentido a
lo largo de este texto.
[2] Etimología: “todo”
viene del latín totus. que viene de la raíz indoeuropea “teu-
(hincharse, entumecer) Una “mezcla” de pronombres arcaicos latinos, siendo su
homologo interrogativo quotus “qué cantidad?”, proveniente de una reduplicación
del pronombre tus, ta, tum (ese, esa, eso) al igual que cuanto, tanto, de (quam
- , tam – y –tus)
[3] Un ejemplo, su discurso de 1 de noviembre del 2010, en cadena nacional
tras el fallecimiento de Néstor Kirchner, decía “...yo quería dedicar estos pocos y
breves minutos para agradecer a todos y a todas, a todos los hombres y mujeres
que se movilizaron, que quisieron verlo, que quisieron despedirlo, que rezaron
por él...”
[4] La letra “k”, también, acaso, ha dejado de evocarme a "Kilo", “Karina”, y cada
“k” que veo, es una invocación a Néstor Kirchner.
[5] Véase que, curiosamente, no estoy incluyendo a los sectores más
conservadores de la sociedad como enunciador de la frase, y que la similitud
entre el kirchnerismo y los sectores progresistas es más bien del aspecto
ideológico, sino político. Entre el dicho y el hecho, está la ideología.
[6] Movimiento estudiantil de jóvenes kirchneristas.
[7] Grupo µ, en Retórica General.
[8] Podemos tomar la concepción aristotélica de ethos como el
recurso retórico que se construye en el discurso y en su enunciación para causar
una imagen del orador, capaz de convencer al auditorio ganando su confianza.