Mis ojos sacan fotos en cada momento que vivo, a falta de una
cámara. Si digo, en cambio, que prefiero ver por mis propios ojos, y no por el
rabillo de un dispositivo que también ve, no estaría yo haciendo ningún
despacho contra el arte de la fotografía. Es una cuestión personal, a lo mejor
me resulta más eficaz almacenar imágenes con mi vista hasta mi memoria, que
pretender capturarlas, porque son aquellas que las quiero para mí solamente. Y a vos, no te he sacado foto alguna y sin embargo, tengo
un álbum llena de imágenes tuyas en mi cabeza… que podría usarlas como
fotogramas y pegarlas una con otra, y convertir todo en un gran película mental…
un documental retrato sobre vos, y de mí, llena de primeros planos cuando
conversaba con vos sobre miles de temas, como qué connotación social arrojan
las modas en el vestuario cotidiano, de sistemas y el rol de uno en ellos,
hasta qué linda pinta la calle después de la lluvia, o de nuestro amor
totalmente extraño, o también nuestras miradas encontradas e infinitas… travelings sobre tu caminar desde atrás, adelante o a la
altura de tu hombro mientras cruzábamos las calles felices, tropezando con
baldosas semilevantadas, de tu ciudad o la mía… planos
detalle en esas situaciones de besos de fuego y abrazos, detalles de tus ojos
de marrón indeciso, tu estrella roja en el hombro, tu boca palpitante reclamando mi boca. Estas son mi colección
favorita, porque me remiten también a otros sentidos por el extremo
acercamiento con tu cuerpo moreno: mi tacto y tu piel tan suave, el gigante disfrute del perfume a flores que
te rodea… En fin, negra, tantas son las fotos que tengo de vos y nuestros más
hermosos momentos (que son todos los momentos con vos), tantas son que a falta
de espacio, las estuve hace rato guardando en mi cajón rojo latiente. No quiero perderlas, y por supuesto, siento que mi colección resulta todavía muy incompleta.